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Démosle a la armonía el lugar que le corresponde en el vivir cotidiano para no quedar atrapados en el revuelo de las vicisitudes

La armonía hay que construirla cotidianamente, porque los elementos disociadores nunca dejarán de estar ahí, al acecho.
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La larga tradición autoritaria que vivimos los salvadoreños desde el inicio de nuestra vida republicana, allá en la lejanísima primera mitad del siglo XIX, nos ha marcado permanentemente, y los efectos de dicha marca son aún muy visibles en estos días, pese a que hace casi un cuarto de siglo que estamos en plena evolución democratizadora, luego de que la solución política del conflicto bélico abriera el escenario político a la participación en él de todas las fuerzas, sin ninguna restricción por sus posicionamientos ideológicos. Era previsible que las resistencias que son reflejo del pasado continuaran queriéndose hacer valer, porque lo que arraiga por tanto tiempo no se puede descuajar de tajo. Es un proceso que demanda mucha lucidez y mucha perseverancia.

En el país si algo ha faltado a lo largo del tiempo es armonía para manejar el pluralismo natural en la práctica democratizadora. Más bien hay una gran cantidad de anticuerpos activos para evitar todo ejercicio armonioso, porque se sigue creyendo que armonizar es una especie de renuncia culpable a las propias ideas y a las propios intereses y posiciones. Y aunque la experiencia demuestra lo contrario, pareciera que esa experiencia no consigue mover voluntades hacia la razonabilidad constructiva tanto en las vidas personales como en la vida social; porque la resistencia a la armonía se da en todos los ámbitos tanto de la vivencia como de la convivencia, y eso va dejando infinidad de moretones y fracturas en el cuerpo de la realidad.

Hay que tener presente, para no caer en desaguisados del juicio, que armonía no significa ni podría significar pérdida de identidad para nadie; por el contrario, cuando se armoniza lo que se hace en poner las diferencias y las contradicciones en su lugar, sin renunciar a ellas, que son elemento natural del vivir personalizado. Cada ser humano y cada grupo social tiene lo suyo, y desprenderse mecánicamente de ello sería otro artificio autodestructivo. Por ello las sociedades en que se ha querido imponer una uniformidad desde el poder no sólo han resultado estructuralmente victimizadas sino que han tenido que padecer las consecuencias del fracaso de tales experimentos absurdos. Es el caso de los regímenes dizque “revolucionarios” por decreto, comenzando por la extinta Unión Soviética.

La armonía hay que construirla cotidianamente, porque los elementos disociadores nunca dejarán de estar ahí, al acecho. Y no hay que ver tal tarea como algo heroico, sino como un ejercicio normal, que busca hacer evolucionar la realidad hacia planos superiores. Todo esto demanda equilibrios fundamentales, tanto en la psique personal cuando se trata de seres individuales como en la psique colectiva cuando se trata de grupos, de organizaciones o de naciones. Subrayamos la palabra equilibrio, porque si éste no existe no hay cómo darle sostenibilidad a la armonía. El equilibrio sólo se alcanza cuando hay serenidad de ánimo y responsabilidad en el proceder. Y aquí regresamos inevitablemente al tema sobre el que venimos insistiendo de manera sistemática, porque es un punto clave al que casi no se le presta atención: el imperativo de hacer girar las actitudes del atrincheramiento a la apertura.

Pongámonos por un instante en el plano de lo deseable, es decir, de lo que podría resultar si se da en los hechos ese giro de actitudes al que hemos hecho referencia: se ventilaría notablemente la atmósfera nacional, por efecto de la desactivación progresiva de la conflictividad extrema, y eso activaría las posibilidades de enfocar los problemas reales sin las ataduras que están impidiendo los tratamientos realistas y conducentes. Es imperioso salir de las trampas que hasta el momento han impedido superar las ataduras obsoletas y los prejuicios paralizantes.

El Salvador no es un territorio dejado de la mano de Dios aunque tantas evidencias conduzcan a una apreciación semejante. Los salvadoreños tenemos capacidad de recuperación pese a que los signos deprimentes sigan estando a la orden del día. Lo que falta es conectar voluntades para el avance esperanzador, y proponérselo es decisivo para que tal conexión se dé en los hechos.

Animémonos a reconocernos como gestores de nuestro propio destino, y en cuanto lo hagamos se empezarán a ver los efectos beneficiosos de cara a lo que nos espera. Esa es la primera señal de armonía que nos dará alientos para seguir en el empeño.

Tags:

  • autoritarismo
  • democracia
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