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Dentro de muy poco se empezarán a ver los movimientos partidarios en ruta hacia las elecciones presidenciales de 2019

Ya se debería, pues, estar en el ejercicio interno de selección, para que no se tomen decisiones de última hora al vaivén de los intereses personales o de grupo, que son los que siempre buscan imponerse.
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En nuestro régimen presidencialista la figura del Presidente de la República es verdaderamente significativa para el desempeño de la conducción nacional en todos los sentidos, porque la función ejecutiva incide de manera decisiva en los diversos ámbitos de la gestión pública. Nuestro presidencialismo ha venido evolucionando al ritmo del desarrollo democrático en marcha, y así muchos de los excesos que en el pasado quedaban envueltos por el manto de la impunidad hoy se hacen evidentes con creciente frecuencia, despertando desde luego las resistencias y los rechazos que pueden cada vez menos como mecanismos de defensa. Pero en todo caso, el presidencialismo continúa funcionando como esquema legal, y eso será así en tanto no se pase a un régimen parlamentario, lo cual no se percibe en el horizonte visible de nuestra evolución institucional.

Lo anterior indica que la normalidad de la atmósfera política está ligada en buena medida a que la figura presidencial actúe como corresponde, en función orientadora y no conflictiva. Esto depende tanto del temperamento como de la formación, y por ello las fuerzas políticas tienen que poner mucho empeño a la hora de escoger a las figuras que irán no sólo a medirse en las urnas sino sobre todo a encargarse de la conducción del proceso nacional al más alto nivel. No se trata sólo de ganar elecciones, sino hacer factible que el hecho de ganar derive en la buena práctica de gobernar. Y las experiencias vividas en el curso de la posguerra no han sido, en términos generales, satisfactorias al respecto.

Sin duda, nuestro esquema de competencia democrática se está modificando por efecto de la misma dinámica del proceso en marcha. Si al final se logra ratificar lo acordado, los períodos legislativos y municipales tendrán tiempos más extensos a partir de 2018, para distender el ahogado calendario electoral. Y lo que sigue, aunque será más difícil porque los intereses partidarios se interponen, es el paso de las jurisdicciones departamentales a las jurisdicciones distritales en lo que a la configuración de la Asamblea Legislativa se refiere. Esto último haría que la representación se ajustara mucho más a la verdadera voluntad ciudadana.

Como decíamos, en la segunda mitad de 2017 aparecerán de seguro los candidatos presidenciales de las distintas organizaciones partidarias. Ya se debería, pues, estar en el ejercicio interno de selección, para que no se tomen decisiones de última hora al vaivén de los intereses personales o de grupo, que son los que siempre buscan imponerse. Y no sólo es cuestión de popularidad externa, sino que se trata de asegurar la capacidad real y comprobada, porque es la suerte del país la que en definitiva está en juego.

Lo que la realidad nacional les está demandando a los partidos, del signo que fueren, es un auténtico compromiso de fidelidad al bien común, a fin de que éste se ponga por encima de los intereses particulares en toda circunstancia. Hacer que esto ocurra es, desde luego, una tarea muy dificultosa y compleja, porque la tradición nunca ha estado en esa línea; pero hay que asumir en serio dicha tarea para asegurar que el país pueda ir saliendo adelante.

Estamos a la expectativa de todos los movimientos que se vayan dando en función de configurar opciones de cara a los comicios de 2018 y, muy en especial, de 2019. No hay que perder de vista que las personas son claves para determinar el destino de los procesos.

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