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Dentro de poco tendremos en marcha una nueva gestión de gobierno, y esa es una gran oportunidad de renovación

Madurez y sensatez, paciencia y efectividad, aplomo y credibilidad, desprendimiento y compromiso, análisis y disciplina... En el fondo y en las superficies, lo que va a requerirse es que quien gobierne se olvide del poder como atributo y lo ejerza como responsabilidad.

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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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En febrero de 2019 se llevará a cabo la sexta elección presidencial de la posguerra, y esta vez las condiciones en que dicha elección tendrá lugar presentan características muy especiales, porque el fenómeno evolutivo del país viene entrando en una nueva fase, a la luz de las experiencias acumuladas. Bajo la presión de la creciente incidencia ciudadana en el desenvolvimiento de la realidad política, todos aquellos que se mueven en ese campo están teniendo que sumarse al dinamismo progresivo, les guste o no, como hoy sarcásticamente se dice. Con sólo echar una mirada reflexiva sobre el panorama partidario tal como ahora mismo se desenvuelve se puede percibir sin dificultad que hay cambios de situación que, como tales, no tienen antecedentes identificables.Lo que está ocurriendo en este campo no es un hecho casual, sino que responde a la dinámica transicional que se activó cuando pasamos del conflicto armado a la legalidad democrática por la vía del entendimiento, lo cual supuso que las armas callaran luego de prácticamente dos décadas de estar predominando en el terreno. Esa transición básica del enfrentamiento militar a la competencia política en el ámbito legal nos ha llevado a este momento, en el que todo va impulsando a que las fuerzas y los actores políticos asuman el reto de una normalidad que no es simplemente la ausencia de guerra sino que significa afirmación de la coexistencia entre diferentes y aun contrarios. La administración de la conflictividad se vuelve, entonces, función eminentemente pacificadora.

Se ha venido haciendo cada vez más común la percepción ciudadana de que el país va por el rumbo incorrecto, lo cual hay que descifrarlo en razón de lo que la gente quiere y necesita. Tal percepción no es de carácter teórico, sino que responde a la búsqueda de respuestas prácticas a los distintos problemas que inciden en el diario vivir de la colectividad nacional. En tal sentido, lo que la política y los políticos están llamados a plantear y a proponer son fórmulas viables para solucionar trastornos y superar carencias, dejando a un lado la palabrería vana y desatando los nudos artificiales que proliferan por doquier. Esto tendrían que asumirlo sin reservas las autoridades gestoras que llegarán a hacerse cargo de la conducción superior dentro de poco, para no repetir los círculos viciosos que ya se hicieron tradicionales.

Uno de los aspectos que en esta coyuntura está en cuestión es la sostenibilidad del bipartidismo que ha estado presente a lo largo de la posguerra. Y hay que aclarar –al menos como opinión personal– que el esquema bipartidista no es negativo en sí, aunque, como todo, si no se maneja inteligentemente puede generar efectos constrictores. En nuestro caso nacional, lo que ha faltado, y no sólo en este punto, son manejos inteligentes, que garanticen la sanidad del sistema. Ojalá que los movimientos que se están viendo en el ejercicio partidario se vuelvan estímulos para poner más creatividad y más responsabilidad en los desempeños de todos los actores políticos, con independencia de las posiciones ideológicas que abanderen. Esto podría propiciar novedades reconstituyentes.

El Ejecutivo que tome posesión en 2019 se encontrará, sin duda, con una lista de urgencias que no serán evitables bajo ningún pretexto o excusa. Habrá que empezar a trabajar en ello desde el mismo 1 de junio, y con ánimo participativo veraz y verificable. En otras palabras, las formas de ser y de proceder del mandatario serán claves para que el mandato funcione. Madurez y sensatez, paciencia y efectividad, aplomo y credibilidad, desprendimiento y compromiso, análisis y disciplina... En el fondo y en las superficies, lo que va a requerirse es que quien gobierne se olvide del poder como atributo y lo ejerza como responsabilidad. Que las vanidades y las tentaciones del poder queden a un lado.

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