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Dentro de un año ya estarán moviéndose en el terreno los candidatos presidenciales de 2019

Es notoria la aceleración de los tiempos en esta etapa de la realidad global; y sin duda lo más característico de tal aceleración es que no respeta fronteras de ninguna índole.
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Dentro de un año ya estarán moviéndose en el terreno los candidatos presidenciales de 2019

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Es como si hubiera un impulso generalizado hacia los espacios del futuro, que está ahí, a la vuelta de la esquina. Hasta no hace mucho, las nociones de pasado, presente y futuro tenían sus ubicaciones bien definidas; hoy, el pasado es algo que se asoma a cada paso sin mostrar su identidad, el presente tiene cada vez más similitud con un puente colgante y el futuro vuelve constantemente la mirada hacia nosotros como si quisiera identificarnos de antemano. En tal situación, lo que inevitablemente tenemos que hacer es estar en guardia ininterrumpida para que ningún detalle de esa trilogía interactiva se nos quede como cabo suelto.

2016 está por concluir, como si tuviera más prisa que nunca. 2017 será año preelectoral en dos direcciones sucesivas: los comicios legislativos y municipales de 2018 y los comicios presidenciales de 2019. Aunque esto es generalmente conocido y podría parecer que no hay para qué estarlo recordando, lo cierto es que hay que pasar del simple conocimiento mecánico al análisis correspondiente en cada una de las instancias involucradas. La primera de esas instancias es la interioridad de los partidos políticos. Y esto es más válido aún en lo que se refiere a las elecciones presidenciales, porque la conducción y el manejo básico del proceso nacional están, en gran medida, en manos del Presidente de la República, porque el régimen presidencialista que como tal sigue existiendo así lo determina.

La dinámica de la competencia democrática ha hecho que los partidos saquen a luz a sus candidatos presidenciales cada vez con más anticipación; y esto es otra demostración de que ya nadie puede estar seguro de nada y mucho menos del resultado definitivo en las urnas. Antes de la guerra pasaba lo contrario: todos sabían lo que iba a resultar, porque las elecciones eran un mero simulacro. Ya en 1984, en la primera elección después del Golpe de 1979, que desarticuló el esquema autoritario tradicional, comenzó a funcionar la saludable incertidumbre. Repito aquí una anécdota ilustrativa: Mario Vargas Llosa vino durante aquella campaña presidencial a hacer un reportaje sobre la situación, y habló desde luego con mucha gente. Cuando me llegó el turno, Mario me preguntó qué era para mí lo nuevo de aquellas elecciones; y no vacilé en responderle: “Que por primera vez desde que tengo memoria no sé quién será declarado ganador”.

En las más recientes elecciones presidenciales lo que hemos visto, aunque no haya recibido el conveniente análisis, es un estrechamiento progresivo de los márgenes de diferencia numérica entre los dos partidos más fuertes, el FMLN y ARENA. Y es que el electorado muestra una evidente vocación bipartidista, que no tiene visos de variar en lo que viene. Entonces, los dos partidos punteros se hallan ante la responsabilidad de seleccionar candidatos que sean realmente competitivos hacia afuera y que no sólo respondan al juego de las respectivas fuerzas internas. Esto les cuesta mucho a ambos, como se viene viendo en el plano de los hechos; pero en definitiva es la realidad la que pone las reglas y establece los parámetros de acción, y el que mejor se ajuste a la realidad es el que tendrá mayores posibilidades de éxito.

Dada la lógica del calendario, los partidos tendrían que haber activado ya internamente, y con las reservas naturales del caso, sus mecanismos de selección de aquellas figuras que podrían liderar las candidaturas de 2019. Y en esto lo más importante es hacer, desde un inicio, valoraciones que no se muevan por intereses de grupo o de sector, sino que estén basadas no sólo por la posibilidad de ganar sino, sobre todo, por la capacidad de gobernar conforme a las líneas de la evolución democrática presente. No se va a elegir un gestor partidario sino un conductor del proceso nacional, y esto todos deberían tenerlo presente de entrada y en todo momento. Si todos reconocen y activan tal responsabilidad de seguro podremos encaminarnos hacia un ejercicio de gobernabilidad realmente funcional y proyectivo.

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