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Dentro de un año ya se sabrá el resultado de la elección presidencial

El electorado tiene un año para ver, para calibrar, para reflexionar y para decidir. Esta es coyuntura crucial para el proceso y para su futuro.
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El 2 de febrero de 2014 se realizarán los comicios presidenciales para el período 2014-2019. Si ninguno de los candidatos participantes obtiene más del 50% de los votos válidos en esa fecha, habrá que ir a una segunda ronda, unas semanas después. En todo caso, lo que salga de las urnas el 2 de febrero será decisivo, bien que ahí quede definido el próximo gobernante, bien que se abra la necesidad de un segundo turno comicial. Esta será la quinta elección presidencial de la posguerra, y ahora por primera vez luego de haberse realizado de manera natural la alternancia en el ejercicio del poder político. El escenario entonces es a la vez normal y novedoso.

Aunque los candidatos de los dos partidos más fuertes están ya en el terreno desde hace buen rato y el tercero en disputa se anuncia también desde hace bastante, hasta la fecha no hay en la atmósfera política signos de que las fuerzas en competencia se dispongan a hacer giros verdaderamente innovadores tanto en los mensajes de campaña como en las propuestas de gestión futura. Si es así, estaríamos frente a un desfase respecto de lo que demanda la evolución del proceso político, con todas las limitaciones que ello seguiría acumulando en el ambiente. Y eso es algo perfectamente evitable con sólo que todos los que están en el juego se pongan de veras las pilas, como se dice en el lenguaje coloquial. Es decir, que abandonen la falsa comodidad de lo trillado para dedicarse a la creatividad que los tiempos y las circunstancias exigen.

¿Qué mensaje básico se necesita en este momento? Realismo en los diagnósticos de los problemas principales, audacia responsable en los tratamientos diseñados, visión amplia y moderna en las metas por alcanzar. Todo esto tendría que articularse en propuestas que vayan mucho más allá de la camándula de promesas que se repiten campaña tras campaña. Y, desde luego, se tendrían que sumar dos hechos fundamentales: que el candidato respectivo, sea cual fuere el partido que lo lleve, sea capaz de conectar de veras con el ciudadano y que lo ofrecido tenga fuerza propia para sostenerse. En los comicios del 2 de febrero se medirá sin duda quién es quién de cara a la voluntad y a las aspiraciones de la ciudadanía. Si se llegara a requerir una segunda vuelta, ya en ésta serían determinantes los juegos partidarios, pues habría que ver quién queda en tercer lugar y hacia dónde irá el grueso de sus votos.

Sin duda, cualquiera que en definitiva sea llamado a ocupar el sillón presidencial recibirá un asiento muy incómodo, porque las condiciones en que está el país no dan para ningún acomodo mullido. Por lo que se avizora, la economía estará más perturbada, las demandas sociales más alebrestadas y la sequía financiera más intensa.

En un panorama como ese, el Presidente que venga –y repetimos: quienquiera que fuere– tendrá que hacer gala de inteligencia y de lucidez en todos los órdenes. Y, como agregado, el tino para convertir las diferencias en entendimientos. De lo contrario, en vez de propiciarse las salidas se complicarán los laberintos. El electorado tiene un año para ver, para calibrar, para reflexionar y para decidir. Esta es coyuntura crucial para el proceso y para su futuro.

Dentro de muy poco tendremos todas las cartas personalizadas sobre el tapete de la disputa electoral. Los ciudadanos estamos llamados a observar cada movimiento y a hacer saber nuestras reacciones frente a los mismos. Ahora más que nunca el poder ciudadano debe hacerse sentir.

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