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Desacuerdos

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No todo silencio es sinónimo de paz ni toda inacción de tranquilidad. Hay silencios y quietudes tensas, que como intento de pacifismo se vuelven insuficientes, porque la paz, si no se mueve y no prospera, tiene sus días contados.

Eso fue la paz en El Salvador, un silencio que más que armonía fue olvido, y como somos buenos en lo que nos hace mal, olvidamos nuestra historia y desterramos algunos detalles de los célebres Acuerdos de Paz. Uno muy importante: la naturaleza de los acuerdos. Lo que se firmó en Chapultepec fue un acuerdo político, entre actores políticos y con objetivos políticos. Si bien como sociedad pudimos celebrar el cese a los enfrentamientos y la reducción en la tasa de homicidios, fue tan poca la incidencia de los acuerdos en la reparación del tejido social y la articulación de una nueva visión de país que 25 años más tarde nos encontramos nuevamente apilando cadáveres y perdiendo espacios de convivencia.

Olvidamos el tejido social y lo relegamos a un segundo plano frente a temas también importantes, como el rol de la Fuerza Armada, la creación de la Policía Nacional Civil, el sistema electoral, el nuevo rol de la exguerrilla y el cese al enfrentamiento armado. Nos enfocamos en el corto plazo, en la urgencia de la preservación pero no construimos las bases de un futuro en armonía. Para hacerlo, también debíamos proponer el nuevo rol de los ciudadanos y nuestro papel en una dinámica de país diferente, en la sociedad de la postguerra.

Así como faltó hacer un análisis profundo y sincero sobre las causas de la guerra, sus implicaciones y consecuencias, sigue pendiente la labor de entender la percepción y las expectativas de los salvadoreños, de sí mismos y de los “otros”. Habiéndose pasado por alto, esa carencia alimenta un discurso y una construcción mental arcaica sobre lo que representa “el otro” y las garantías y los compromisos que necesita adoptar frente a “los otros”.

De esta forma se perpetuó el arquetipo del salvadoreño excluido que a su vez excluye, del “hacelotodo” que debe sacarle ventaja a sus pares para sobresalir y prosperar, mientras que lo que necesitábamos era una apuesta por incluir a todos los sectores y a todas las necesidades, por darle valor al trabajo y aspiraciones de nuestra gente y profesionalizar nuestra mano de obra a fin de prosperar todos, cada quien a su manera. Lo que necesitábamos era una visión de país en la que, una vez sanadas las heridas del conflicto, se pudieran articular las iniciativas públicas y privadas para traer oportunidades, salud y educación para todos. Esa visión no podía solo venir de las élites económicas, ni de los actores del conflicto, ni de los organismos internacionales. Esa visión debió haberse construido con un diálogo de amplia participación social, con un debate de ideas, con un abordaje científico, y debía partir por lo que fuimos y lo que aspirábamos en convertirnos.

No todo desacuerdo es sinónimo de conflicto ni todo debate tiene que terminar en división y violencia. Estamos a tiempo de apreciar nuestras diferencias, y la gran variedad de aspiraciones individuales, para tomar de ellas beneficios sociales que traigan prosperidad y bienestar para nuestra gente. Una paz bulliciosa y vibrante es lo que necesitábamos, comprendamos el rol que individualmente debemos fungir para construirla y sumémonos a una construcción que nos dé en un par de años razones reales para celebrar la paz.

Tags:

  • acuerdos de paz
  • tejido social
  • convivencia
  • sistema electoral

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