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Desafíos de la política criolla

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Columnista de LA PRENSA GRÁFICAParís. Todavía no había salido del país, cuando ya se habían realizado los tres eventos organizados por el partido ARENA, para que sus precandidatos presidenciales exhibieran sus mejores credenciales ante la población, aunque después del desaguisado del Tribunal Supremo Electoral, sin duda la audiencia se redujo sensiblemente. Presencié el primer debate, que para muchos nunca alcanzó ese nivel; sin embargo, perdí el interés en los siguientes.

Mis respetos para los caballeros que se sometieron al escrutinio público, pero con prescindencia de quién resultó ungido el domingo 22 de abril, conservo la duda sobre cuál era en definitiva el objetivo de dichos ejercicios. Respeto la opinión de quienes piensan que con ellos, el partido tricolor dio una muestra contundente de democracia interna, pero estoy entre quienes no comparten esta visión...

Sobre que los dados estaban cargados en favor de determinado postulante, mucho se especuló desde que comenzó la campaña de las elecciones legislativas y municipales. Sin embargo, el hecho de que los tres precandidatos hicieron lo posible por conciliar sus propios objetivos con las exigencias que planteaban los mencionados comicios fue considerado como una estrategia de partido para desviar la atención de cualquier señalamiento en aquella dirección. Ahora la pregunta es: ¿Cómo le hará ARENA para mostrarse ante el público como un partido donde predomina la unidad y prevalecen los intereses nacionales en función de un proyecto democrático que requiere mucho liderazgo, fortaleza proactiva frente a sus adversarios y certeza de que en la eventualidad que recupere el Ejecutivo, le apostará a la reconciliación nacional, lo que necesariamente pasa por enmendar los errores del pasado?

Lo que tampoco ha pasado desapercibido hasta para un neófito en materia política es precisamente por la forma cómo se desarrollaron acontecimientos previos a la designación del candidato presidencial, la división, o preferencias –si se quiere–, entre reconocidas personalidades del mundo empresarial y, por supuesto, entre altos dirigentes del mismo partido. Si esto ha llamado la atención hasta de los que no tenemos bandera partidaria, sin duda ha sido motivo de regocijo para la oposición más visible, en un momento en que esta necesita recomponerse de la contundente derrota que le propinaron los electores el 4 de marzo pasado.

Tal como se plantean actualmente las cosas en el país, lo apuntado puede ser considerado como un obstáculo no despreciable en los intentos de medio reconciliar a la familia salvadoreña. En lo personal, somos además poco optimistas sobre el ambiente de tranquilidad que se necesita hasta las próximas elecciones presidenciales. Si a los fenómenos apuntados agregamos el hecho de que entre los pretendientes al solio presidencial se barajan nombres de personas que algo, o mucho, tienen que ver con la justicia, la carrera por la presidencia no estará exenta de aquellas descalificaciones que hacen de los procesos electorales, eventos poco edificantes para el colectivo. En esta ocasión, potenciados por el descontento casi generalizado con la gestión de los dos gobiernos del FMLN.

En todo esto, no hay que olvidar que están en juego elecciones indirectas que, así como pueden contribuir a fortalecer la institucionalidad democrática, pueden erosionarla. Y esto pasa, en gran medida, por hacer alianzas con aquellas fuerzas genuinamente comprometidas con los grandes intereses nacionales, aunque en política lo sublime casi siempre es desplazado por los intereses bastardos. Sin embargo, en esta ocasión, el objetivo de acercar posiciones se vuelve un imperativo categórico para apuntalar la gobernabilidad que tanto necesita el país.

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