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Desaparecidos

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Columnista de LA PRENSA GRÁFICAOtra vez la sociedad está consternada por la desaparición de una menor de edad a plena luz del día, prácticamente frente a sus progenitores y frente a un puesto de funcionarios públicos que tienen la atribución de dar seguridad y protección a la ciudadanía.

No es el primer caso. Y con el ambiente de inseguridad que se vive, seguramente no será el último caso. Tienen contabilizados más de trescientos. Los casos han motivado un programa especial en la Fiscalía General de la República y el llamado de instituciones a poner atención al problema.

Poner atención al problema significa dar prioridad a la población a la adolescencia y la juventud, especialmente a la población que oscila entre los 11-12 años y 18-19 años, porque es población vulnerable en todos los sentidos. Vulnerable en todos los sentidos y en todos los aspectos.

En el país los adolescentes en esas edades ya no pueden salir con seguridad a la escuela, ya no pueden salir a jugar a espacios públicos y mucho menos, a departir con semejantes. Para protegerlos, los progenitores prácticamente los tienen secuestrados en su lugar de residencia.

No pueden socializar en la escuela ni en el vecindario porque se desconfía de las credenciales del vecino. No se pueden ejercitar las normas de sana convivencia porque los progenitores prefieren que pasen viendo televisión o jugando con videojuegos. Los niños, adolescentes y jóvenes están en situación de riesgo y ni en el hogar están protegidos.

En las redadas se llevan a cualquiera, sin preguntar. Y mientras averiguan se genera un grave daño emocional. Pero, irónicamente, cuando las autoridades conocen quién es y de lo que es capaz, no proceden. En Comasagua fue claro que las autoridades conocían perfectamente al autor de un robo a plena luz del día y lo dejaron libre seguramente por el temor de las implicaciones.

No hay prioridad de atención a los adolescentes ni a los jóvenes. Ciertamente hace falta responsabilidad y compromiso de familia en su atención pero el ambiente en el que se desenvuelven y desarrollan está cargado de riesgos y amenazas. Y aunque se tienen leyes instituciones y autoridades para uno muchos otros temas, la condición no cambia.

Sexo, drogas y extorsiones están en su diario vivir. Falta de información y poca responsabilidad son fuente de su miedo y sometimiento. Indiferencia e incapacidad de orientación tienen a su alrededor. ¿Qué futuro se están forjando? Otra vez se tiene que insistir.

Hay más ocupación y recursos en los jóvenes que cayeron presos de la delincuencia que en aquellos que están tratando de sobrevivir y desarrollarse en condiciones adversas como consecuencia de la ineficacia institucional. Buscan emigrar porque no hay otra alternativa. Y la emigración tiene graves riesgos y han finalizado los programas de trato humanitario.

¿Qué hacer? ¿A quién recurrir?

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