Descafeinado y con Splenda

Pese a que El Salvador vive sumido en un mar de problemas, los políticos tienen cada vez menos cosas sobre las cuales discutir.
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Y no lo hace solo por incapacidad discursiva, sino por estrategia, lo cual es aún peor. Y también porque creen, en un ejercicio de insensato optimismo, que saldrán ilesos de este proceso electoral.

En el caso de la derecha salvadoreña, o en todo caso de su instrumento más público como es el partido ARENA, es cierto que no le pasará nada decisivo en estas elecciones. No le pasará en marzo porque lo más importante, la salida de Norman Quijano del círculo de decisiones y su descenso del Valhalla, ya está consumado.

Pese a haberse convertido accidentalmente durante algunas semanas del año pasado en el principal agitador del país, Quijano mantenía un importante capital político, y era un vehículo legítimo para que algunos sectores se sintieran representados en el COENA, y con posibilidades de ser el contrapeso del núcleo más conservador.

Su demolición en tiempo récord y la sustitución exprés de su figura por la de Edwin Zamora son la quintaesencia de los problemas por los que pasa la derecha desde la división entre areneros y saquistas: curiosamente los tecnócratas parecen tener más territorio que partido, y los delfines, más partido que territorio. Esa ecuación no se resuelve con eslóganes.

A la inversa, a ese instrumento de la nueva tecnocracia llamado partido FMLN al que algunos aún relacionan con el pensamiento de izquierda, puede pasarle algo decisivo en estas elecciones, un resultado del cual no saldrá indemne: el triunfo de Nayib Bukele.

El triunfo de Mauricio Funes en 2009 ya arrojaba luces sobre el cambio en la composición del electorado salvadoreño, con un importante porcentaje de voto joven (más de 700,000 votantes menores de 23 años) que no entiende de militancias, y que como contraposición a décadas marcadas de dogmatismo, desdeña la dialéctica de la Guerra Fría y no es apasionada del contenido sino esclava de la imagen, de su explotación y divulgación.

Pero Funes no era solo ni principalmente imagen, y en el triunfo del FMLN a través suyo había mucho de lógica histórica, misma que casi disculpaba a la Comisión Política del partido por haberlo elegido pese al prontuario de contras de su personalidad que finalmente saldrían a flote durante su administración (y que algunos siguen sufriendo, pero ya no en cadena nacional, sino por apostolado personal).

La elección de Nayib Bukele como contrincante contra Norman Quijano revela entonces un cambio en la estrategia electoral del FMLN que ya no es coyuntural sino metódico: dirigirse a ese votante joven al que llevándole el contenido más franco de su discurso y presentándole a los más orgánicos de sus cuadros no podrían convencer de cosa alguna.

A cambio de hacer clic con ese importante porcentaje del padrón, el partido acepta a una persona cuyos reflejos nunca serán los mismos del FMLN. La pregunta es si lo hizo creyendo que Bukele perdería, o creyendo que su eventual victoria no le representará un dolor de cabeza dentro de dos años, cuando comience a discutirse sobre los presidenciables de 2019. Será entonces que esta versión light de ese instituto político tendrá su hora de la verdad.

Aunque sus caminos han sido divergentes, los comandos de campaña de unos y otros llegaron a la conclusión que para ganar la Alcaldía de San Salvador había que hablar de todo menos de los problemas de la ciudad. El debate de esta semana lo demostró.

Los trending topics de la campaña de Bukele y Zamora deberían ser “tren de aseo”, “paradas de buses”, “ventas en el centro”, “alumbrado” o “baches”. Pero lo que se aprecia es a dos hombres que quieren cambiarle el rumbo al país desde una institución que ni siquiera ha resuelto el desorden en el cobro de las tasas municipales.

Eso ocurre porque quizá los publicistas conocen mejor a los votantes que los políticos a los ciudadanos, y entienden que la democracia en El Salvador, en enero de 2015, se trata menos de ser representativa o legítima y más de ser simpática y entretenida.

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