Desde cualquier ángulo que se mire la situación nacional lo que se hace indispensable es generar austeridad, disciplina y orden

No se trata de hacer cortes y recortes en forma arbitraria, sino de organizar lo debido en forma ordenada y con voluntad disciplinaria. Esto es lo que siempre debe practicarse, en la bonanza y en la crisis; pero cuando la bonanza se descontrola la crisis emerge.
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En El Salvador existen, como se ha hecho patente a lo largo del tiempo aun en las épocas más complicadas y adversas, posibilidades reales de generar crecimiento y promover desarrollo. Durante una buena época del pasado nuestro país fue conocido como “el Japón de Centroamérica” y en un momento determinado nuestra efectividad en el manejo agrícola llegó a ubicarnos en el tercer lugar mundial entre los países productores de café. En verdad los salvadoreños íbamos a la vanguardia de la subregión centroamericana en muchos sentidos, pese a que ni por sombra existían las oportunidades que ha traído la dinámica aperturista de la globalización que tomó impulso cuando colapsó el artificioso esquema bipolar que se instaló en el mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

En los cinco decenios más recientes El Salvador ha tenido que pasar por grandes pruebas históricas, y en medio de todas las dificultades imaginables ha logrado ir saliendo adelante. ¿Por qué, entonces, hemos perdido al mismo tiempo el impulso que nos caracterizó en otras épocas, cuando las condiciones eran mucho más limitantes y las oportunidades eran mucho menores? Tal pregunta habría que planteársela en todos los ámbitos de la sociedad, porque las respuestas de veras funcionales y sostenibles necesitan el acompañamiento y el aporte de todos.

La misión de economistas y técnicos del Fondo Monetario Internacional que acaba de visitar nuestro país en plan valorativo de la situación que vivimos ha urgido a hacer ajustes financieros que puedan llegar al 3% del PIB en 2019, para frenar el aumento de riesgos en ese campo. Es evidente, y los conocedores así lo confirman, que un ajuste semejante tendría impactos económicos de difícil manejo, pero las consecuencias de no emprenderlo serían sin duda mayores. No hay corrección hacia la austeridad que esté libre de sacrificios en ninguna parte, como vemos por ejemplo en los dramáticos casos de Grecia y de España, que se siguen debatiendo en los conflictos del reordenamiento inevitable; pero llega un momento en que hay que tomar medidas audaces para frenar el avance hacia el despeñadero, y lo mejor siempre es actuar a tiempo.

La misión aludida destacó la inseguridad ciudadana y la polarización política como factores que impiden entrar en una dinámica de retorno a las prácticas socioeconómicas sanas y progresistas en el país. Tanto la inseguridad como la polarización constituyen realidades de gran impacto adverso que no podrán desactivarse de la noche a la mañana, porque sus causas son profundas y sus consecuencias son expansivas; sin embargo, lo que se tiene que hacer hay que emprenderlo en este mismo momento, ya que cualquier tardanza acumulada multiplica geométricamente las complicaciones de la situación.

En tal sentido la disciplina y el orden son las herramientas claves de una austeridad bien administrada. No se trata de hacer cortes y recortes en forma arbitraria, sino de organizar lo debido en forma ordenada y con voluntad disciplinaria. Esto es lo que siempre debe practicarse, en la bonanza y en la crisis; pero cuando la bonanza se descontrola la crisis emerge. Así ha sido siempre, y tendríamos que tenerlo sabido todos en todas partes. No hay excusa, pues, para tropezar con las mismas piedras.

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