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Desde el primer día hay que considerar las perspectivas, las oportunidades y las amenazas que puede traer el año que comienza

Lo que necesitamos con verdadera urgencia es poner nuestras percepciones en orden para que los compromisos realistas ganen espacio de incidencia y las debidas labores de tratamiento de los problemas pendientes puedan hacerse valer y sentir como las circunstancias demandan con apremio.
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Hoy, 2 de enero, es el primer día hábil del año que empieza a correr y que de seguro será un año muy movido porque los más importantes problemas que enfrenta el país continúan sin hallar rutas de solución verdaderamente eficaces y confiables y porque estamos ya en año preelectoral de dos pruebas decisivas en las urnas: los comicios legislativos y municipales de marzo de 2018 y los comicios presidenciales de marzo de 2019. Esta desafiante conjunción debería ser el primer tema de reflexión y de tratamiento para entrar de inmediato en la fase de enfoques y de los compromisos reales para ir sacando al país adelante.

Hasta el momento hemos vivido en una especie de despiste sistemático sobre las tareas que hay que realizar en función de solucionar problemas y de habilitar perspectivas de futuro. La habilitación de esas perspectivas factibles depende, en gran medida, de cómo se vea y se analice la realidad y de cuáles sean los propósitos que se pongan en juego para ir transformando de veras dicha realidad. Es decir, cómo dejar atrás la falsificadora tendencia a usar parches y remiendos y decidirse a entrar en serio en la lógica transformadora que impulsa correcciones de fondo y define metas de auténtico progreso general.

Desde luego, en íntima relación con el desenvolvimiento de perspectivas está el despliegue de oportunidades. Si algo ha faltado en el país en el curso del tiempo, y sobre todo en las circunstancias que se vienen acumulando en épocas más recientes, es estimular el surgimiento de oportunidades para todos los salvadoreños, en los distintos ámbitos y niveles de nuestra geografía humana, que cada vez está más diversificada, a la luz de la evolución del proceso interno y de las aperturas del nuevo esquema globalizador. Sin un sistema de oportunidades visionario, efectivo y suficiente, las condiciones de vida, que son tan desajustadas y azarosas, seguirán como están.

En cuanto a las amenazas, éstas siempre se hallan al acecho; y su proliferación aumenta en la medida que la carga de los problemas no resueltos se va haciendo más grande y pesada. La peor de todas es la amenaza de profundización de la ineficiencia institucional, que ya está en rangos verdaderamente graves. Muchas instituciones gubernamentales operan con resultados insatisfactorios desde hace mucho, no hay predictibilidad confiable sobre lo que pueda ocurrir en ese campo y el creciente distanciamiento entre el sector público y el sector privado hace que el crecimiento se encuentre atrapado en la zona de lo inmanejable.

De lo anterior es muy fácil colegir que 2017 será año de pruebas decisivas, prácticamente en todos los órdenes de la vida nacional. Y como este no es un acontecer inesperado no hay ninguna excusa para no hacer lo que corresponde en sintonía con el fenómeno real que se vive en la cotidianidad tanto institucional como social. Lo que necesitamos con verdadera urgencia es poner nuestras percepciones en orden para que los compromisos realistas ganen espacio de incidencia y las debidas labores de tratamiento de los problemas pendientes puedan hacerse valer y sentir como las circunstancias demandan con apremio.

Aunque parezca que estamos en un punto ciego de nuestro avance evolutivo, la verdad es que siguen abiertas todas las opciones de futuro, y lo que se necesita para activarlas es proponérselo como nación sin vacilaciones ni evasivas.

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