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Desde la aldea

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Esta semana, en las páginas de opinión de otro periódico, un embajador europeo en nuestro país se enorgullece de la transformación positiva que ha tenido su aldea natal, relacionando este fenómeno con cambios experimentados en ideas y conceptos de naturaleza moral y antropológica. Aunque es indudable que el desarrollo requiere de una mentalidad social abierta al cambio, el que esa mentalidad deba estar ligada a las ideas que el respetable diplomático defiende es una deducción apresurada.

Lo menos agradable del artículo, sin embargo, es la comparación que se hace con nuestro país. Sutilmente, con una flema digna de mejor causa, el caballero en realidad nos está diciendo “aldeanos”, “pueblerinos”, “isleños”, en contraste con su “avanzada”, “progresista” y “democrática” sociedad. No nos ofrece ninguna opción para someter a revisión sus afirmaciones: simplemente pone sobre el tapete una balanza en la que ya está decidido quién se encuentra del lado “estrecho” y quién del lado “panorámico”. Aunque disfrazado de eufemismos, un insulto no deja de ser un insulto.

Comparar a un país con una aldea solo porque no se comparten ciertos valores es una conclusión, no un argumento. Por qué se arriba a semejante descortesía, viniendo de quien viene, es objetable desde varios puntos de vista. Me detendré por hoy en la gratuita comparación axiológica y antropológica que se encuentra a la base del artículo en mención.

En muchos países europeos autoproclamados “progresistas”, el aborto figura como conquista medular. En algunas de estas naciones, por ejemplo, bajo la causal de “malformación grave”, un bebé con labio leporino puede ser extraído del útero de su madre. Ni hablar de los miles de niños con síndrome de Down, víctimas de esa mentalidad eugenésica que ya superó los límites del respeto al misterio de la vida humana. (En 2016, para el caso, junto a otro país europeo y uno de Oriente Medio, el embajador sabe qué nación estuvo a la cabeza de la eliminación de fetos con esta discapacidad intelectual).

En amplias zonas geográficas del Viejo Continente, las adolescentes abortan libremente sin el consentimiento y siquiera el conocimiento de sus padres. A esta destrucción de la patria potestad parental se le ha llamado “avance”. Mientras, en la cosmopolita Nueva York, a través de la Comisión de Derechos Humanos de la ciudad, más de treinta “géneros” distintos han sido reconocidos, en una actualización de la diversidad sexual y psicológica de sus habitantes. Las medidas, claro, incluyen multas cuantiosas para las personas e instituciones que las infrinjan. (No se olvide que ya el tailandés Vitit Muntarbhorn, de la Defensoría Global LGBTI de Naciones Unidas, ha advertido al mundo sobre la existencia de 112 “géneros” diferentes).

Mientras escribo, un niño de 23 meses de edad, Alfie Evans, lucha por vivir contra un recurso legal que pretende obligar a su desconexión de los respiradores en un hospital de Liverpool, Inglaterra. El pequeño Alfie tiene una enfermedad neurológica cuyo diagnóstico ha sido complejo; sus médicos recurrieron al juez apelando al estado “semi-vegetativo” del paciente y a una muy subjetiva “calidad de vida”, mientras que los padres se niegan a dejar morir a su bebé sin luchar. El Vaticano ha puesto a la orden un hospital para atenderle, pero una triangulación de disposiciones jurídicas puede interferir fatalmente en este proceso.

Alfie Evans y su familia son víctimas de ese “progresismo” que ha convertido la vida y la muerte en un asunto de mera especulación dialéctica. Pero también muchos británicos se han solidarizado con la parte más indefensa del caso y se avergüenzan de su sistema de justicia. Talvez los “aldeanos” no estemos tan solos después de todo.

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