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Desde que se firmó el Acuerdo de Paz hace más de 25 años ha estado presente la cuestión inquisitiva: ¿De qué paz hablamos?

En otras palabras, la paz viene a ser una tarea comprometedora, que sólo produce frutos cuando se asume como tal en toda su complejidad demandante.

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David Escobar Galindo

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En el ambiente nacional siempre hubo muchas dudas sobre la posibilidad de llegar a un acuerdo que finalizara la guerra que por tanto tiempo fue una presencia militar que parecía sobreponerse a todo. Y tal sensación no ha sido exclusivamente nuestra cuando se trata de valorar situaciones de naturaleza semejante o parecida, porque ningún conflicto bélico, de cualquier tipo que sea y en cualquier lugar que se dé, tiene de entrada como propósito final dejar de lado la victoria militar para asumir el compromiso político. Y en el caso salvadoreño, al inicio de la guerra todo parecía indicar que el desenlace por medio de las armas sería muy rápido. Algunos hablaban de tres meses, y el FMLN cuando lanzó, en enero de 1981, lo que llamó “ofensiva final” lo hizo porque estaba seguro de que en verdad lo sería. Pero la historia tenía sus cartas guardadas.

La guerra desplegó su propio juego en el terreno, y al final todos tuvimos que aceptarlo y acatarlo así. Vino entonces el fin de la misma trayendo consigo un documento denominado Acuerdo de Paz. Y si la guerra acabó siendo un proyecto muy ajeno a aquellos que creían dominarlo en el terreno, la paz se coló casi subrepticiamente poniéndonos la tarea de descifrar su sentido y sus exigencias sin darnos mayores claves de antemano.

He traído a cuento en el título de esta columna una pregunta que, con diversas intenciones y tonalidades, circula en forma constante por la atmósfera nacional, a veces como un pájaro que busca ramas dónde posarse y a veces como un ave de mal agüero que revolotea por doquier. Los optimistas y los pesimistas nunca faltan, y la fila de estos siempre es más extendida, porque lo negativo gana siempre más imagen que lo positivo, dentro de una tendencia que siempre ha estado ahí y que de seguro seguirá estando de modo indefinido. Pero la pregunta en sí es válida, y tendría que merecer más atención, para estimular los análisis correspondientes y conducentes. Para empezar, y tratando de ensayar un principio de respuesta, yo le pondría un calificativo a esa paz a la que los salvadoreños nos comprometimos, sin reconocer a plenitud el compromiso, allá al iniciar la trayectoria de posguerra. La llamaría “paz democrática”.

¿Y qué es lo que en los hechos agrega tal calificativo? Agrega el propósito de generar y sostener un tipo de convivencia fundada en valores que la hagan factible prácticamente. Porque desde luego no hablamos de una paz idílica o teórica, sino de un estado de cosas que se instala en el terreno de los hechos, con todo lo que eso prácticamente significa. Al ser esta la perspectiva del fenómeno, lo que resalta es el imperativo de concebir la paz no como una conquista gratificante sino como un propósito por realizar. En otras palabras, la paz viene a ser una tarea comprometedora, que sólo produce frutos cuando se asume como tal en toda su complejidad demandante.

Cuando se firmó el Acuerdo de Paz no quedó instalada la paz, ni mucho menos. Callaron las armas y se dejó atrás la persecución política, que había estado tan presente por tanto tiempo. Y eso ya era una ganancia sin precedentes. La paz había que asumirla entonces como un deber impostergable y cotidiano, tal si todos fuéramos escolares históricos. No lo asumimos así, y al día siguiente –es decir, en la cotidianidad sucesiva desde entonces hasta ahora– no teníamos el deber cumplido, y la realidad, como maestra responsable, estaba llamada a ponernos la mala nota que merecíamos y que seguimos mereciendo.

Se dice que hablamos de paz y no hay paz. Se dice que hablamos de progreso y no hay progreso. Se dice que hablamos de estabilidad y no hay estabilidad. Pero los que eso dicen se quedan en el dicho, sin comprometerse a cambiar los hechos en el plano en que estos se dan. Es hora, pues, de dejar de quejarse amargamente por lo que no existe y empezar a usar esas malgastadas energías en lo que realmente debe importar: el trabajo generador de renovaciones que pongan lo nuevo vivificante por encima de lo viejo paralizante.

Sólo una auténtica normalidad democrática podrá conducir a esa pacificación compartida que es indispensable para que el país se encuentre a sí mismo en el área de las fértiles realizaciones. Apostémosle, pues, a esa normalidad necesaria para ya no seguir llorando sobre las cenizas de lo inexistente.

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