Desde todos los ángulos de la realidad nacional están surgiendo voces en pro del entendimiento nacional para encarar nuestra compleja problemática

Los temas principales que están sobre el tapete de la actualidad son de gran trascendencia para el vivir de todos los salvadoreños, sin distingos; y, por consiguiente, dejarlos de lado por la falta de voluntad de tratarlos en común es una gran irresponsabilidad histórica.
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Es patente que los problemas del país se vuelven cada día más complejos y apremiantes, lo cual hace que el ambiente se halle sobrecargado de ansiedades y de impaciencias, como es fácil constatar con sólo tener en cuenta las reacciones ciudadanas frente a lo que ocurre en el día a día. La gente ya no aguanta lo que tiene que soportar a diario, aun en las actividades más sencillas como son desplazarse por las calles o cumplir el trabajo normal; y esa sensación angustiosa se refleja en todo el quehacer nacional, como nunca antes en nuestro medio, ni siquiera en tiempos de la guerra. Ante tal situación, los distintos liderazgos nacionales están en creciente cuestionamiento desde todos los ámbitos y niveles de la ciudadanía, con el riesgo de que ésta, al ver frustradas sus demandas de acción efectiva, pueda llegar a tomar medidas aventuradas, como ha ocurrido en otros países cuando la frustración llega al punto del rebalse.

Lo que la ciudadanía demanda es efectividad comprobable y sostenible, tanto en los planteamientos como en las acciones de aquellos que tienen responsabilidad de conducción, sea cual fuere su línea política o ideológica. Y es que si algo entrampa todas las posibilidades de salir de veras adelante como país en vías de progreso es el choque permanente de fuerzas, casi siempre motivado por los fanatismos heredados de un pasado que ya no puede hacerse valer en el presente. Los temas principales que están sobre el tapete de la actualidad son de gran trascendencia para el vivir de todos los salvadoreños, sin distingos; y, por consiguiente, dejarlos de lado por la falta de voluntad de tratarlos en común es una gran irresponsabilidad histórica.

No es casual, entonces, que vayan surgiendo tantas voces diversas en la misma línea: apelar a la superación de la conflictividad paralizante para entrar a un manejo eficaz y progresivo de la problemática existente. Entre esas voces, se ha oído la de la Embajadora de Estados Unidos, Mari Carmen Aponte, al recibir el jueves, en la Asamblea Legislativa, por unanimidad, la condecoración de la Orden al Mérito 5 de Noviembre de 1811, Próceres de la Independencia Patria. El discurso de agradecimiento de la Embajadora que ya cumplió su misión en el país se centró casi exclusivamente en hacer un llamado vehemente al entendimiento entre fuerzas políticas para asegurar la buena marcha del proceso nacional, por encima de todas las diferencias existentes, que son normales en el ejercicio de la democracia, y que por consiguiente deben ser manejadas con la debida normalidad.

Desde luego, las exhortaciones al diálogo y al entendimiento de poco sirven si se quedan en eso. Infinidad de veces se ha hecho lo mismo: convocar, reunir, conversar y nada más. Se trata de trabajar en serio, haciendo que se activen los esfuerzos por la vía correcta, que siempre exige un método adecuado a lo que se pretende. Si se quiere aparentar acercamientos basta el diálogo vacío; pero si lo que se busca es producir resultados significativos lo que hay que hacer es articular voluntades dentro de una metodología que permita ir viendo frutos progresivos.

Estamos en un momento en que ya no vale ninguna justificación para seguir en las mismas. La realidad, que es en definitiva la que va poniendo en orden las cartas del juego, exige efectividad sin más demoras. Y este reclamo de la realidad se dirige a todos los que tienen incidencia en las decisiones de país, sea cual fuere la posición en que se encuentren.

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