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Desencuentros perturbadores (I)

<p>Cuestión de visiones. Pocas veces se ha necesitado tanto un esfuerzo genuino para el entendimiento, la tolerancia y hasta el sacrificio, como en estos momentos. Desde cualquier ángulo que se le mire, el país atraviesa por una anormalidad tal, que el mismo Acuerdo de Paz –que tantas expectativas generó– poco a poco ha ido perdiendo significado como referente obligado para la construcción de un sistema político, económico y social cualitativamente distinto. Los desencuentros que estamos observando –inevitables por lo demás en una democracia joven– no se dan precisamente bajo una perspectiva trascendente del significado de la transformación, sino de atrincheramientos ideológicos e intereses bastardos que entorpecen el cambio.</p>
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Desencuentros perturbadores (I)

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<p>En este escenario puede inscribirse el “impasse” que se dio entre cuatro partidos representados en la Asamblea Legislativa y la Sala de lo Constitucional –en apariencia ya superado–, pero que ha dejado como producto una especie de azolve en la institucionalidad del país, que va a resultar difícil remover. Y lo acontecido justamente en los momentos más críticos de una negociación que mantuvo en vilo a la ciudadanía por varias semanas vino a recordarnos que las exigencias de un cambio de conductas para enfrentar los problemas que nos afectan se tornan más difíciles cuando se agregan innecesariamente otros elementos perturbadores.</p><p>La decisión presidencial de cambiar repentinamente el mecanismo de elección de los representantes del sector privado en las juntas directivas de 19 entidades autónomas puede inscribirse en este extremo. El momento y la forma en que se dio la medida han dado lugar incluso a especular que se mantiene en otras instancias el repudio al posicionamiento que la cúpula empresarial mantuvo, como otros actores sociales, en torno a ese “impasse”.</p><p>Así, el momento escogido para formular las propuestas de modificación de las leyes respectivas y que pasaron con dispensa de trámite con el concurso de los cuatro partidos que han hecho causa común en el affaire con la SC ha sido considerado como el eslabón de una cadena que pretende mantener a la defensiva, para decir lo menos, al sector privado, en momentos en que se hace más necesario su involucramiento en la reactivación económica, la generación de empleo y el acompañamiento de las acciones del gobierno contra la delincuencia. Esto no significa rechazar el enfoque presidencial de que es necesario abrir los espacios para una mayor participación en la gestión sustantiva de dichas entidades, pues creo que los mismos empresarios aceptan aquello de que “ni son todos los que están, ni están todos los que son”. Esto, sin ignorar que no son estos los autores de las leyes. El problema deriva de considerar la reacción de las gremiales como una respuesta a la pérdida de espacios en el quehacer político del país. Descalificar a los empresarios por defender la institucionalidad y de paso endilgarles a algunos dirigentes tácticas contestatarias creo que no abona en nada al entendimiento que demanda la sociedad. Preocupa sobremanera el tono del intercambio público entre el presidente y algunos dirigentes gremiales; pero más el distanciamiento entre ellos, lo mismo que desautorizar a una entidad que como ANEP es la legítima representante del grueso del empresariado del país y que ha estado detrás de causas nobles, como el proceso de diálogo negociación, su entrega incondicional ante las desgracias que ha sufrido el país y la defensa permanente del sistema de libertades que distingue al mundo occidental.</p><p>Y aunque estas manifestaciones de convivencia armoniosa, solidaridad y democracia no sean percibidas por toda la población, no se puede negar que ANEP, con todas sus virtudes y defectos, ha sido un interlocutor válido en el proceso de transformación que ha experimentado el país en los últimos 45 años.</p><p>Reprocharle a los empresarios sus voces disidentes ante el debilitamiento institucional que estamos observando significa además negarle el espacio que todos deberíamos tener en una democracia funcional. Las visiones distintas más bien deberían abonar el terreno para la convivencia armoniosa.</p>

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