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Desidia

Esta semana escuché en un grupo de trabajo una iniciativa importante para intentar cambiar patrones culturales en el país. Pero el inicio de la discusión entre personas de diferentes ámbitos me permitió conceptualizar lo que realmente le ocurre a este país y sus ciudadanos por estos días: Desidia.
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No estamos cuidando el entorno, no tenemos interés en generar cambios y esto es porque creemos que el problema –inserte el que sea aquí– es demasiado grande como para que nosotros o nuestras pequeñas acciones puedan cambiar algo.

Nadie quiere meterse en política.

Nadie quiere denunciar.

Nadie quiere actuar.

Nadie quiere iniciar la discusión.

Nadie quiere lanzar iniciativas.

Nadie quiere invertir.

Y las razones siempre giran alrededor de que cualquier cosa que se haga recibirá un ataque. Cualquier movimiento te pone en primera fija y en justo en la mira.

La política es sucia.

Con la denuncia nadie actúa.

Si me meto me van a reconocer y atacar.

Si discuto estoy polarizado.

Si hago algo me van a reconocer y escudriñarán mi vida.

Si opino diferente soy el enemigo.

Y así miles y miles de excusas.

El punto es que al final nos paralizamos, la sociedad, el país, y nadie hace nada y entonces, efectivamente nada cambia.

Hace unas semanas publicamos historias sobre jóvenes que están haciendo grandes cambios en sus entornos violentos, empobrecidos, estigmatizados. Eran historias positivas, valientes. Sin embargo, el familiar de uno de nuestros protagonistas pidió bajar una de esas historias después de haber autorizado su publicación. Y su cambio de opinión lo motivó el miedo a la pandilla. Y sentía, además, que la historia de esta jovencita de su familia no iba incidir en nada. Y su afirmación fue desgarradora: Aquí nada va a cambiar. Y yo entiendo su decisión.

Sin embargo, es importante comenzar a cambiar esta cultura. Y no digo que sea fácil porque el miedo puede paralizarnos. Pero pienso en situaciones extremas, por ejemplo, donde la actuación de una persona, de una sola, propició el cambio en el rumbo de la historia. El holocausto paró hasta que otros países decidieron actuar. Miles de judíos se salvaron hasta que una persona decidió que no era correcto entregarlos y los protegió.

Un ejemplo más cercano en tiempo fue la caída del narco Pablo Escobar. Parecía que nadie lo iba a detener, tenía suficiente dinero para comprar un país, si quería, y un nivel de violencia que también podía paralizar –y paralizó– un país: Colombia. Bastó que una sola persona decidiera no ponerse un precio, no recibir dinero de él y ejercer su autoridad aun cuando su vida estuvo en peligro para que más personas se envalentonaran y se unieran a la persecución. Y Escobar cayó.

Y en épocas más recientes también hay ejemplos. En Guatemala, la corrupción del gobierno del expresidente Otto Pérez y su vicepresidenta paró hasta que alguien decidió denunciar a pesar del miedo. Hasta que la sociedad guatemalteca salió de su letargo, de su comodidad, de su desidia y protestó en las calles.

El tema es cómo comenzar, por dónde comenzar. Y ese es el gran reto, pero no es un reto efímero, inalcanzable, debe ser un reto personal, que tome pequeñas acciones en el entorno. En cómo discutimos en nuestros trabajos, en cómo vemos injusticias e intercedemos, en cómo ayudamos al que se quedó a media calle, al que se cayó, al que no puede cruzar una calle. Cómo somos más tolerantes, intentamos entender el pensamiento del otro. Es un ejercicio difícil y hay que desaprender cosas para aprender sobre la tolerancia y la solidaridad, para ser generadores de cambio. Sabemos en nuestro entorno que hay cosas malas, que están mal, la violencia, la intolerancia en las calles, la agresividad al conducir, los accidentes, la falta de educación. ¿Qué toca? Ser más tolerantes, repensar nuestra forma de manejar, repensar el uso del móvil al conducir, educar a quien tenemos cerca. Pequeños cambios, pero se trata de actuar.
 

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