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Desorden urbano y eventos naturales

El daño que le ha causado al país el gobierno del FMLN con el impago –según se dice, deliberadamente– solo es un episodio más de una larga cadena de actuaciones que claramente ponen en evidencia su incapacidad de administrar la cosa pública y, sobre todo, su falta de compromiso con la nación. Su gravedad e implicaciones no han sido del todo aclaradas; aún más, ha relegado a un segundo plano otra vulnerabilidad no menos grave: la exposición permanente del país a eventos naturales, que ante inadecuadas medidas preventivas, pueden desembocar igualmente en verdaderos desastres.
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El desorden urbano, expresado en el caos vehicular y la construcción masiva de viviendas precarias y/o en lugares de alto riesgo, constituye un problema descomunal que se magnifica cuando ocurren seísmos, inundaciones o colapsa una bóveda. Bajo estas circunstancias, los servicios básicos colapsan y, en el extremo, la capital virtualmente se paraliza, en gran medida por falta de una respuesta organizada de los entes públicos responsables de actuar con diligencia en esas emergencias. El más reciente enjambre sísmico puso además en evidencia cómo una obra mal planificada –corrupción aparte– como el SITRAMSS puede convertirse en un aliado perfecto para complicar más los efectos de un fenómeno de la naturaleza. En este caso, el caos vehicular dio paso así a una especie de histeria colectiva que probablemente llevó al siquiatra a muchos conductores o a sus acompañantes, para superar el susto.

Pero el problema no fue menor al poniente de la capital, donde convergen el Paseo Escalón con la Jerusalén y la Escalón Norte. Los pasos a desnivel, construidos paradójicamente para darle fluidez a la circulación en la zona, originaron embotellamientos descomunales que dejaron “pachitos” a los que ya se dan en tiempos normales. El vecindario entró en pánico, cuando se enteró que el epicentro de uno de los temblores se ubicó en la parte intermedia de una de las colonias más emblemáticas de la capital. Estamos hablando de una zona que hasta ese momento se había considerado segura, aunque con el riesgo siempre latente de que un día despierte con furia el coloso de San Salvador, como lo hizo exactamente hace un siglo.

Todo esto es el resultado de la falta de planificación y coordinación entre las entidades públicas vinculadas con el desarrollo urbano. Curiosamente, la parte alta de la colonia Escalón ha sido identificada por la OPAMSS como la más idónea para la construcción en altura, lo cual parece entendible dado nuestro reducido espacio físico. Frente a ello, el presidente de ANDA ha señalado las dificultades para proveer a la zona del servicio de agua y la señora ministra del Medio Ambiente la ha catalogado de alto riesgo, por los potenciales deslaves ocasionados por la masiva tala de árboles y los incendios forestales en el volcán que le sirve de paisaje natural.

Y para terminar de complicar las cosas, desde hace un tiempo se ha venido observando la transformación de muchas casas de habitación en pequeños edificios para oficinas o quién sabe para qué otros propósitos. Unidades que antes albergaban familias de 5 miembros en promedio y ocupaban espacios para dos o tres vehículos, hoy en día concentran 10 o más personas e igual número de unidades de transporte. Dicho sea de paso, en el vecindario circula la versión de que la proliferación de estas nuevas edificaciones, con características de diseño muy similares, podría ser producto de transacciones ilícitas. Este tema lo abordé circunstancialmente con el responsable de velar por la solidez y transparencia del sector financiero, recordándole que la actividad inmobiliaria es una de las más porosas al lavado de dinero; por algo Nueva York y la Florida han dictado disposiciones para prevenirlo. Su respuesta fue que la entidad a su cargo tenía otras prioridades. De la irrupción de transporte público en vías reservadas al tráfico privado y del deplorable estado de las calles, mejor no hablemos. Igual, ya San Salvador carece de rutas de escape.
 

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