Despacito... despacito. ¿Se tocó fondo?

Despacito es una canción muy de moda cuyo(s) autor(es) Erika Ender, Daddy Yankee y Luis Fonsi la crearon, me imagino que para cantarla y bailarla.
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Pero resulta que también se ha convertido en un modo de actuar de los políticos, funcionarios, empresarios, profesionales, mano de obra y de la ciudadanía en general. Los días pasan, los años también y un conglomerado que se acerca a los 9 millones, 3 de ellos radicados en el exterior, contemplamos el horizonte, lamentándonos de nuestra suerte y de nuestro destino, pero sin hacer nada, absolutamente nada, porque nuestro futuro sea alentador.

La canción fue creada en 2016(17). Pero el caminar y actuar despacito data de años, siglos; y gobiernos vienen, gobiernos pasan y el destino de este pequeño país de alrededor de 20,000 kilómetros cuadrados, lejos de mejorar, empeora cada vez más. El tocar fondo es una expresión que se utiliza o se aplica en lo emocional, espiritual, mental y financiero.

En este espacio se ha aplicado a una sociedad en todas sus áreas en la cual se puede calificar: social, económica, política y cultural. Ámbitos (todos), en los cuales ha habido acciones disfuncionales e irracionales de los responsables de las mismas en el pasado lejano e inmediato. En contrapartida la sociedad salvadoreña ha sido contemplativa: protesta casi hablando consigo mismo, muchos se abstienen de votar, sufren guerras civiles estoicamente y otros terminan por emigrar.

El país, gobernantes y gobernados, caminan despacito, como una manera de negarse el progreso o como un simple defecto o por una baja productividad o por una consecuencia de acción y reacción a la inequitativa manera en que se distribuye el bajo ingreso nacional generado. Un país que no alcanza a llegar al 3 % de crecimiento económico por varios años, a diferencia de sus vecinos de la región centroamericana, cuyo crecimiento gira alrededor del 4 %.

Esta sociedad pareciera que con sus actitudes de negligencia y apatía individual de una inmensa mayoría, se niega el progreso presente y lo que es peor se lo impide a las generaciones futuras. Una sociedad caracterizada por la violencia, el engaño al prójimo como un proceder natural y la ganga como una sobrevivencia, precisamente por la poca cultura y ausencia de oportunidades.

Un país con una comunidad machista y esencialmente violenta, cuyas autoridades ancestralmente optaron por las armas en lugar de la educación. Cuna de políticos que por décadas no han cumplido su juramento y se han enriquecido con el erario nacional, principalmente alimentado por una clase trabajadora y media que tributa un porcentaje importante de sus ingresos en un país, en que contradictoriamente, existe también, una elusión y evasión bastante alta.

Un país residencialmente amurallado, porque todo indica que será siendo próspero el negocio de la violencia y del castigo a pesar de que en 1992 se firmó un acuerdo de paz que se perfilaba como una oportunidad para construir una institucionalidad, un Estado de Derecho, un clima de paz y prosperidad. Esta sociedad ya no solo camina despacito, sino también retrocede.

“El miedo es la materia prima de las prósperas industrias de la seguridad privada y del control social. Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo. Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo”. Eduardo Galeano. Y este país: “El Salvador”, continúa a pesar de todo: caminando despacito, con la extorsión como pan de cada día. Un país en que la pobreza, el caos y la fuerza son sus peculiaridades, para ser reconocidos internacionalmente como un espacio de bajo crecimiento y alto riesgo.
 

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