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Destino: El Salvador

Hace casi un año el periódico francés Le Figaro publicó un artículo titulado “El Salvador, nuevo tesoro de América” que evoca una “revelación” de nuestro país con su inmensa riqueza natural y humana.
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Se ensalza al Pulgarcito del continente mencionando la promesa de una apertura fructuosa al turismo. Y tal alabanza no puede ser más justa y legítima.

Yo sueño con su paisaje. Y si me tocara describirlo, diría algo así: El Salvador contiene en sus tierras un mundo, una representación del mundo. Es un libro de poesía cuya mímesis dibuja una naturaleza increíblemente preciosa. Los cielos son perfectos y caprichosos. Y son perfectos porque son caprichosos. Pintan la bóveda divina que cubre nuestras cabezas con el pincel de un maestro y con nuestros colores nacionales que oscilan entre pasión y felicidad. A cualquier hora vale la pena alzar la mirada para contemplar el espejo de nuestra tierra que amanece rápidamente con el canto de sus gallos y pájaros, que brilla ferozmente en la cumbre del trabajo diario y caluroso, que descansa pacíficamente en una temprana oscuridad acunada por el suspiro de vientos tibios.

En él se reflejan los lagos, dormidos en su tranquilidad. Como pequeños mares, sin olas ni sal, ahí están mirando los cielos a los ojos, casi íntimamente. Las luces pueden entonces jugar dentro de aquel campo único de privacidad que se instala entre maravillas. La carrera del sol hacia su muerte diaria que rima con su perpetuo renacer se convierte en un espectáculo para ojos que saben sentir y almas que saben mirar. Luego, uno escucha el ruido del silencio soplar, vacilantemente, entre la cima de los árboles que empiezan a bailar. Al borde y en el fondo, son los poetas de un lago silencioso cuya música siempre escondida queda por despertar.

Al medio de los espejos se elevan verdaderas catedrales salvajes que buscan de algún modo vincular la tierra y el cielo. Así son más de veinte volcanes que lo intentan, sin que ninguno logre cumplir su noble ambición. Lo manifiesta su cicatriz aún caliente que llamamos cráter, que es fruto de un castigo tormentoso para una elevación visible por fuera y finalmente vacía por dentro. Pero nunca se rinden; su sangre ardiente se rebela para salir estallando de su fuero interior. Es posible contemplar aquello, desde arriba, donde solo alcanza a llegar el olor de la lucha.

Quizás sea incluso mejor encontrarse con el placer de una fresca solitud en una cabaña por ahí, en una sierra. Paseando por senderos se siente a la vez la imponente compañía del sol y la acaricia de un aire puro. Uno descubre paso a paso nuevos caminos, paisajes y personas. Se puede detener a conversar un rato o a intercambiar una sonrisa, lo que genera un mismo placer, como en el mercado de un pueblo, frente a una iglesia colonial, con un vendedor entusiasmado entre diversos perfumes locales. Y la ruta sigue, sin nunca parar, hacia la playa, frente al mar. Ahí, bajo una luz deslumbrante, el infinito nos saluda, encarnado en esa agua azul cuyo oleaje simboliza a la perfección el vaivén de un placer eterno.

El Salvador es efectivamente un paraíso turístico. Es un sinfín de nombres, de lugares, de paisajes, de riquezas: Perquín, Costa Azul, Santa Ana, Apaneca, Lempa, La Libertad, Coatepeque, Suchitoto, El Pital, San Salvador, El Salvador.

Todo esto es lo que se esconde detrás de discursos políticos, de promesas electorales, de documentos oficiales, detrás de todos los problemas que se pueden resolver. Y se deben de resolver justamente porque detrás hay realidades, y en ellas personas. Un tesoro.

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