Destino común

El pasado 20 de marzo se celebró por tercer año consecutivo el Día Internacional de la Felicidad, instaurado por la ONU en 2012.
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El símbolo es francamente gratificante en este mundo actual en el que las imágenes compartibles que prevalecen son las de la angustia y del desencanto. Cuando se habla de la felicidad son muchos los que creen que eso no tiene nada que ver con sus propias vidas; y esa es una trampa mental más feroz que las que se ponen para cazar animales salvajes. El culto a la infelicidad se ha vuelto viral en nuestro tiempo, lo cual de seguro está directamente vinculado con el materialismo que se atreve a invadir aun los territorios de la espiritualidad. Tal materialismo soez y adictivo asume poses de divinidad pagana, y así se comporta. Pues bien, es hora de poner a funcionar el movimiento liberador de los impulsos felices. “Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto”, se dice en el Sermón de la Montaña. Y una derivación natural de tal mandato tendría que ser: “Sed felices como vuestro Padre es feliz”. No hemos venido a este mundo a habitar tierra baldía: estamos aquí para hacerles honor a los jardines del ser. Esa es la misión y la proyección de cada ser humano, independientemente de las pruebas que le haya puesto y que le ponga la suerte. Y si es así, que cada quien haga de cada uno de sus días el Día Personal de la Felicidad.

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