Desventajas y conveniencias de la “campaña electoral anticipada”

Al haber competencia en forma, el ansia de hacerse ver, de hacerse oír y de hacerse sentir cunde entre las fuerzas políticas, y el tener más tiempo para ello les da mayor seguridad en el esfuerzo.
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<p>A lo largo de estos dos decenios de posguerra se han llevado a cabo ya cuatro campañas presidenciales y estamos arribando a la quinta. Es de notar que, en el curso de dichas experiencias, se vienen dando nuevas formas de enfrentar dicha prueba competitiva, que es la más desafiante para los partidos políticos, porque nuestro esquema presidencial sigue teniendo, dentro del sistema imperante, un gran relieve, por el tipo de poder que acumula. Así las cosas, el manejo de los tiempos electorales es una de las novedades más notorias, ya que resulta evidente que a las fuerzas en competencia se les hace cada vez más estrecho e insuficiente el calendario legal al respecto.</p><p>Ahora estamos en septiembre de 2012 y el día de las elecciones se ubicará en algún día de marzo de 2014. Faltan 18 meses para llegar a ese día, y ya los candidatos de los principales partidos andan realizando trabajo de imagen pública tanto dentro como fuera del país. Esto contrasta notoriamente con los 4 meses que, según la ley, tienen para “pedir el voto”. Puede haber acomodos de palabras para explicar que no es eso lo que hoy se anda haciendo, pero la verdad es que la campaña ya está en el terreno, y que a estas alturas será muy difícil lograr que eso se revierta. Más práctico sería reconocer el hecho, regularlo debidamente y hacer los ajustes legales definitivos que sean del caso.</p><p>Habría que preguntarse por qué se da ya sistemáticamente este anticipo del trabajo electoral partidario, pues en sí una campaña es desgastante y costosa. Lo primero que surge es la evidencia de que el fenómeno competitivo se ha vuelto real, en abierto contraste con lo que pasaba durante aquella larguísima época en que las elecciones eran una especie de cobertura formal a medias de los designios inapelables del poder. Al haber competencia en forma, el ansia de hacerse ver, de hacerse oír y de hacerse sentir cunde entre las fuerzas políticas, y el tener más tiempo para ello les da mayor seguridad en el esfuerzo.</p><p>La principal crítica que se le dirige al anticipo de la campaña es que durante la misma se crea un ambiente muy tensionado, que incide negativamente en la actividad nacional, y particularmente en la de carácter económico. Desde luego, una campaña presidencial tiende a llenar todos los espacios de la atención pública y ciudadana; pero el hecho de que esté sofrenada produce en la práctica los mismos efectos. Al ser así, hasta puede ser más saludable que las diferencias de enfoques y de perspectivas partidarias se ventilen, para que se vaya conociendo, hasta donde sea posible, lo que los partidos y sus candidatos dicen o callan, para ir teniendo idea de lo que se puede esperar en la conducción del quinquenio siguiente.</p><p>Lo que sí habría que asegurar, en todo caso, es que las campañas, independientemente de lo que duren, se ordenen de veras conforme a las aspiraciones y exigencias ciudadanas, para que dejen de ser torneos de ocurrencias que cambian según los aires partidarios que soplen o que los liderazgos, agitados por los vaivenes de la campaña, crean que soplan. Todos tenemos que aprender a modular la lógica democrática, conforme a los momentos respectivos.</p><p>Lo cierto es que, de ahora en adelante, nos espera más de un año de trajín eleccionario, y eso ya no parece ser remediable. Asumámoslo, pues, de la manera más positiva que se pueda, en función de que el país no quede atrapado en el autismo electoral al que el sistema político es tan proclive.</p><p>&nbsp;</p>

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