Dialogar

Enlace copiado
Florent Zemmouche

Florent Zemmouche

Enlace copiado

En estos días se habla de lo que ya sabíamos. Políticos han negociado con las maras. ¿Todos? No. Pero muchos, o algunos, los principales. Los suficientes al menos para afirmar que siempre encontraremos alguno que lo haya hecho de la izquierda hasta la derecha, pasando por los que los separan, o piensan separar, siendo diferentes, o pretendiéndolo.

Estamos hablando de eso ahora porque se ha llevado el tema al campo judicial. ¿Sí se hará justicia? Eso es una pregunta que nunca debería plantearse, en ninguna parte y en ningún momento, pero que surge demasiadas veces en nuestro país, además, como pregunta retórica que llama como respuesta obvia la negativa. Pero todo esto, ya lo sabíamos. Sabemos que los políticos suelen sentarse alrededor de una mesa pandillera, porque es relativamente obvio y porque, en efecto, ha sido demostrado con pruebas. Es obvio también porque muchos, y de nuevo, demasiados, salvadoreños tienen que estar en relación con las maras, por lo que sea, y diría para resumir, aquí en un sentido terriblemente literal: para (sobre)vivir.

La diferencia, y es notable, no es que los políticos puedan pasarse de esas relaciones venenosas, pero que sí pueden cambiar las cosas, hacer lo necesario para que ni ellos ni nadie, ningún salvadoreño, tenga que comprometerse con estructuras criminales. A pesar de lo que preconizaba tonta o ingenuamente el presidente, el panadero, arquitecto o busero no tiene otra opción que someterse a los pedidos que son más bien órdenes enrolladas en amenazas. Negarse es arriesgarse que le nieguen la vida. Es tomar un riesgo vital. Ningún individuo debería enfrentarse a tal dilema. Pedírselo a sus conciudadanos es un vergonzoso error. En cambio, el que tiene el descaro de pedirlo, tiene la responsabilidad, es decir la capacidad y obligación, de solucionar el problema. Porque dejando a un lado la superficialidad, la solución vendrá por arriba, no por abajo.

A mi parecer, el problema con los políticos que deberán, normalmente, rendirle cuentas a la justicia, es que hayan negociado secretamente con pandilleros. Las palabras tienen aquí, y siempre en realidad, su importancia; el error consistió en esconder pactos con las maras, y si fueron escondidos, es precisamente porque eran malos e indecentes, por lo cual, indecibles e impresentables (los tratos y por lo mismo, los políticos en cuestión) que muestran el carácter egoísta de ambiciones personales y arribistas. Cuando se podría intentar verdaderas respuestas, solo buscan paliativos electoralistas inmediatos, sin ningún fondo, que muestran, entonces, que el problema de las maras, si se quisiera, sí se podría solucionar. ¿Pero quién lo quiere de verdad? Nadie, al parecer, de la mayoría de nuestros políticos. Porque lo condenable en todo esto no tiene que ser la relación en sí misma con las maras, porque relación tiene que haber; los salvadoreños la tienen de facto. Y nada se arreglará ignorando. Se requiere diplomacia, para tener lo menos peor e impedir lo peor: un flujo descontrolado de violencia. Para resolver la situación, hay que analizarla, entenderla y abrazarla. Un presidente tendrá que sentarse con mareros, no para negociar: para dialogar. Por lo cual, la operación no tendrá que ser secreta. Será difícil, laborioso, quizá doloroso, sumamente frustrante, pero valdrá la pena. Se tratará de hablar de integración para la paz con programas serios: procesos judiciales correspondientes, reformas de las cárceles, recuperación de los territorios abandonados por el Estado, el todo para favorecer in fine una integración. Sin duda no tanto para los pandilleros con quien se dialogará, sino más bien para sus hijos. Porque de eso se trata, de todos nosotros, de las nuevas generaciones, nuestras y pandilleras, es decir, salvadoreñas.

Lee también

Comentarios

Newsletter
X

Suscríbete a nuestros boletines y actualiza tus preferencias

Mensaje de response para boletines