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Diálogo como deber ser: pasar de las palabras vanas a los acercamientos sustanciales

En los momentos actuales de la realidad nacional se está volviendo a hablar reiteradamente de la necesidad del diálogo como medio idóneo para encarar los más serios y complejos problemas del país.
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Esta recurrencia no es casual ni accidental: responde a las señales que la misma realidad envía desde sus diversos espacios de incidencia. Y es que transcurrido tanto tiempo desde que el proceso democratizador pudo desenvolverse con normalidad una vez concluido el conflicto bélico por la vía del diálogo negociador se vuelve cada vez más apremiante poner en práctica dicho método a fin de encontrarles vías de solución a los puntos problemáticos que siguen estando tan vivos en el terreno de los hechos.

Mencionamos la palabra método con la debida intención, para poner de relieve de inmediato que lo que se está necesitando no es un simple y ocasional intercambio de opiniones, sino un ejercicio organizado que haga posible ir avanzando de manera sistemática hacia metas definidas de antemano. Precisamente el Diccionario de la Lengua Española define el término “método” como “modo de decir o hacer con orden”. La clave, pues, está en el orden; y, por consiguiente, es indispensable plantearse la tarea como una dinámica articulada, que contenga todos los elementos necesarios para avanzar haciendo valer objetivos definidos y realizables. Nada de eso se ha hecho hasta el día de hoy, y por consiguiente no se ha logrado nada que valga la pena.

Desde luego, no basta con el método: hay que incorporar otras elementos determinantes para que haya acuerdos que conduzcan a soluciones. Es decir, en las condiciones actuales de la realidad nacional, así como en las condiciones que imperaban cuando se hizo necesario buscar la solución política de la guerra, hay que integrar dos factores fundamentales: el diálogo y la negociación. De poco sirve dialogar sin negociar; y no se puede negociar sin dialogar. En el Primer Acuerdo que se logró en México el 15 de septiembre de 1989, allá al inicio de la búsqueda concreta de los acuerdos necesarios para concluir el conflicto bélico, se definió con precisión la mecánica del esfuerzo: “un diálogo con propósito negociador”.

No es cuestión, como decíamos, de armar encuentros sin preparar el terreno, porque entonces todo acaba quedando en nada. Hay que asegurar, de inicio, tres componentes ineludibles: voluntad, planificación y perseverancia. Voluntad que implique convicción; planificación que implique método; y perseverancia que implique disciplina. No se trata de un manual de procedimientos, sino de un acopio oportuno de factores que pueden realmente conducir hacia el cumplimiento de los fines buscados. Y todo ello de manera interactiva. Pero al respecto hay que preguntarse algo decisivo: ¿Están nuestros liderazgos políticos en real disposición de comprometerse con todo lo que significa un diálogo negociador en forma?

Lo único que verdaderamente induce a confiar en que podrán darse movimientos en la línea adecuada es el argumento irrebatible de la realidad. Ésta, la realidad, pareciera que ya se cansó de esperar que los salvadoreños entendamos en serio que las condiciones del proceso nacional ya no dan más de sí, y que sólo con replanteamientos de nuevo estilo es factible acercarse a ver la luz al final del túnel. Hemos llegado al punto en que estamos por no hacerle honor a tiempo a la lógica democrática, que es interactiva por naturaleza. Y esa falla irresponsable siempre se paga cara, con costos cada vez mayores. Tenemos la evidencia irrebatible ante los ojos. Y ya no hay excusas a disposición. Nos entendemos o nos hundimos, aunque la frase suene melodramática.

Hay que acudir al diálogo, pues, pero al diálogo de veras. A escucharse mutuamente, con inteligencia y con paciencia. Los tiempos políticos estorban, es cierto; pero estorban más las actitudes inconsecuentes. Por ese reciclaje habría que empezar.

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