¿Diálogo de sordos o para acuerdos consecuentes?

Debido a la naturaleza del estado actual de la situación financiera del Estado, el contexto fiscal pasa por un prolongado, difícil y complicado –pero necesario– proceso de diálogo.
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Este intercambio sucede consciente o inconscientemente, día con día, entre varios sectores económicos, políticos y sociales, donde todo importa, y más aún su combinación.

En la mezcla de varios factores es necesario decir que tanto en solitario como con un solo aspecto no se consigue mucho, y el país no avanza por que no es la concurrencia de todos la que empuja la carreta en la misma dirección.

Por ejemplo, los impuestos importan, pero no solo se trata de más impuestos; también importan los gastos, y tampoco no solo se trata de más gastos. Es importante plantease cómo a través del gasto público se influye positivamente en la economía y se avanza. En el gasto global, suman todos los gastos, pero en la economía pueden multiplicarse o no tener impacto.

Es decir que importan las pensiones, pero no solo las pensiones, cuentan las alcaldías, cuenta el sector judicial y las instituciones descentralizadas, los escalafones y los salarios de los servidores públicos, la política de compra de bienes y servicios, los subsidios, las inversiones públicas, etc. Es bastante obvio que estos elementos y otros sutilmente no fiscales importan para las finanzas públicas.

La situación de las finanzas públicas atraviesa una situación difícil por falta de financiamiento, pero no solo de financiamiento; al analizar la reciente historia al respecto se advierte que el déficit entre ingresos y gastos es síntoma, de manera más precisa, de carencia de acuerdos que produzcan resultados, donde se traten los temas de manera seria, profunda y sin pasiones.

En la práctica, se carga la responsabilidad en otros, y el músculo para llegar a entendimientos se atrofia y deja de funcionar. En otras palabras, se continúa postergando encontrar las correcciones de manear compartida, lo que se traduce en un debilitamiento institucional del aparato público en sí mismo, disminuyendo su capacidad de respuesta ante los problemas de la sociedad: enfermedades, delincuencia, pensiones, o desastres naturales, etc.

Se puede continuar haciendo lo que hasta hoy, y continuar sin acuerdos consecuentes por la dificultad de entablar un diálogo realmente profundo, con una discusión más sana, y que trascienda hacia una fase de edificación de acuerdos consecuentes y construya una visión de país más compartida, donde cada parte, al unísono, desde varias esferas, toma un compromiso, lo asume y lo cumple, para luego volver a dialogar, y así sucesivamente.

Es así como el diálogo para construir el acuerdo que El Salvador necesita es una tarea de todos los días, que implica reconstruir el gran pacto social del país, en su cohesión y su confianza.

En ese sentido, lo mejor para el país, contrario al escenario actual, obsoleto y siempre girando sobre el mismo lugar en abstracto, está en la postura de no levantarse de la mesa donde se discute, y no detener la búsqueda de entendimientos concretos, que brinde un panorama diferente, en evolución, con participación, y que genere esperanza.

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