Diálogo en clave

El calendario tiene vida propia.
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No es un objeto inanimado sino un ser viviente. Está ahí, prendido en la pared o estacionado sobre la mesa de trabajo, y aparentemente sólo le corresponde la función de ir graficando la marcha interminable de los días. Este día, me quedo solo en compañía del calendario, dispuesto a departir con él mientras la luz del aire va cambiando de color con el paso de las horas. En un primer momento, el calendario parece ajeno a mi presencia indagadora, pero a medida que los minutos ponen alrededor sus veladoras de capilla y sus varas de incienso, el calendario se anima como si entrara en confianza. Luego de los primeros intentos de diálogo, le lanzo la pregunta de fondo: “¿Qué piensas de ti mismo?” Como tiene todas las hojas intactas, porque el año apenas comienza, las mueve en un revuelo sonoro, que de seguro quiere decir: “El calendario no piensa, simplemente se deshoja”. Ah, pues ahí está la moraleja del tiempo que pasa: ir dejando ir los pétalos sin renunciar a la identidad de capullo reciclable. Y entonces el calendario y yo volvemos cada quien a lo suyo, con un nuevo entendimiento mutuo.

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