Dice la sabiduría popular que más vale prevenir que lamentar… no lo perdamos de vista.

El comportamiento humano, sea personal o social, se rige por normas de la vida práctica, que vienen rodando a lo largo del tiempo, sin perder su vigencia básica.
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Dice la sabiduría popular que más vale prevenir que lamentar… no lo perdamos de vista.

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Una de esas normas es la que dice que vale más prevenir que lamentar; lo cual significa que si no se toman en cuenta las advertencias de la realidad, los efectos posibles nos hallan siempre al descubierto. Y, como decíamos, esto vale tanto para las personas individuales como para los entes colectivos de toda clase. Prevenir implica hacerse cargo de que la realidad es manejable, siempre que se realicen a tiempo las acciones conducentes para que eso ocurra. Si se deja, por descuido o por desidia, que la realidad haga de las suyas, no hay cómo tomar control de las consecuencias, aunque sea en la medida de lo posible.

Los salvadoreños, a lo largo de nuestro recorrido histórico, hemos venido practicando con ejemplar disciplina el arte de la imprevisión. Decirlo así tiene resonancia sarcástica, pero es una verdad que no podemos eludir si es que nos animamos a pasar de ser imprevisores por costumbre a ser previsiones por convicción. Ejemplos de nuestra imprevisión consuetudinaria hay a granel. Mencionemos algunos.

En el curso del tiempo, nuestro sistema de vida fue cargándose de componentes autoritarios y de prácticas excluyentes. El poder establecido le cerró progresivamente las puertas a la participación ciudadana, creyendo que poner candados era suficiente para mantener el orden. Así se fueron generando condiciones para la división creciente de la sociedad, hasta que, como era previsible, la división se convirtió en conflicto y el conflicto se convirtió en guerra. Aunque hubo voces de alerta, porque siempre las hay, la sociedad en su conjunto siguió en lo suyo. La lucha armada se instaló en el terreno. Era previsible que muy difícilmente se daría una solución militar, pero tampoco se tomó seriamente en cuenta tal posibilidad. Y cuando llegó la definición política de la guerra nadie parecía preparado para ello. Entramos en la posguerra como visitantes distraídos. Y aquí tenemos las consecuencias. La cadena de imprevisiones nos ha traído esta camándula de lamentaciones.

Ahora mismo nos enfrentamos a una realidad de inseguridad que está más allá de cualquier esquema normal. Pero, desde luego, esto no surgió como erupción caldeada en lo subterráneo. Los factores de la violencia se vinieron moviendo a la luz del día, aprovechándose de la tendencia imprevisora que al comienzo mencionábamos. Para el caso, ¿cómo fue posible que no se diera en nuestro ambiente ningún mecanismo para tratar el estrés postraumático de la guerra? ¿Cómo explicar que no se atendiera en ningún sentido el trastorno familiar desintegrador a causa de la caudalosa emigración que viene dándose en la posguerra? ¿De qué manera explicar la cómoda actitud del sistema institucional ante los estragos que derivan de la delincuencia en todas sus formas?... Y así por el estilo.

Desde luego, los problemas hay que encararlos tal como son, cualesquiera fueren las razones para que hayan llegado al punto en que están; y en ese sentido, de nada sirve perder tiempo en reclamos o frustraciones: lo que hay que hacer de inmediato es aplicar tratamientos y soluciones pertinentes, y, sobre todo, ya en lo que toca a la conducta de cara al futuro, decidirse de una vez por todas a analizar la realidad de cada momento para visualizar desde ahí lo que podría traer lo que viene. En otras palabras, si no hay estrategia preventiva en acción de manera constante siempre estaremos a merced de lo que no hayamos sabido prevenir.

También dice la sabiduría popular que el que persevera alcanza y que no hay mal que por bien no venga. Asumamos las lecciones de la experiencia cotidiana, porque de lo contrario esas mismas lecciones se vuelven el bumerán más peligroso de todos, como hemos venido viendo en tiempos recientes aún en sociedades presuntamente muy experimentadas, como son las europeas. El que no aprende de lo vivido no tiene ninguna garantía para salir adelante.

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