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Diciembre es por tradición y por emoción el mes de las mejores remembranzas y las más hondas aspiraciones

El Niño Dios nació en un pesebre campesino, sin ninguna pompa y con todo el cobijo natural a su alrededor.

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David Escobar Galindo

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Estamos de nuevo en diciembre, y con la aceleración que llevan ahora los tiempos el retorno de las fechas parece mucho más inmediato, con la consiguiente sensación de que todo fue ayer, con horario incluido. Pero lo cierto, en todo caso y también desde luego con referencia al momento presente, es que diciembre está aquí de nuevo con la puntualidad propia del calendario, trayéndonos, como siempre, imágenes reiteradas y perfiles por conocer. En nuestra zona, y particularmente en nuestro país, diciembre es mes de vientos frescos, de iluminaciones celestes multicolores y de ánimos festivos ilusionantes. Lo anterior nos motiva a despedir el año con añoranza y a recibir el año con ilusión.

Lo que sí no deja de causar ansiedades cada vez más inquietantes es el hecho de que hoy los días parecen querer escapar de nosotros, como si ellos también padecieran ansiedades existenciales. Y dichas ansiedades van poniendo marcas en todos los ambientes, como mensajes desconsiderados sobre la fugacidad de la vida. Pero nada de esto debe quitarnos el sueño, ni mucho menos la inspiración de seguir adelante, porque, como dice la sabiduría popular, mientras hay vida hay esperanza. Y esa esperanza, que tiende a ser aliada espontánea de la memoria, es el mejor recurso que tenemos a la mano para sentirnos habitantes vivos de nuestro presente y animadores francos de nuestro futuro.

Este año 2019, la Navidad y el Año Nuevo tienen una significación muy característica porque se dan en un momento histórico nacional en el que se ha abierto un espacio de realizaciones nuevas, de la mano de una decisión política electoral que se dio a comienzos del año y que ha traído un cúmulo de expectativas de diferentes tonos y vibraciones. Para unos es la apertura de un nuevo horizonte marcado por la impronta juvenil; para otros es una suma de enigmas que pueden traer riesgos imprevisibles. En verdad, los salvadoreños hemos retado a los esquematismos tradicionales, y eso nos pone en plan de reinventar nuestra cotidianidad conforme a los estímulos de la inventiva cibernética.

Lo que hoy nos corresponde como compromiso de máximo empeño es utilizar estos días especialmente inspiradores para ponernos en línea anímica con los motivos y las tareas de la época que nos toca vivir. Sacudámonos las negatividades acumuladas y enfilémonos en ruta hacia el Belén de las buenas nuevas, en el que la espiritualidad y la humildad se enlazan hasta lo más hondo. El Niño Dios nació en un pesebre campesino, sin ninguna pompa y con todo el cobijo natural a su alrededor. Ese es el ejemplo más elocuente de la vida plena a la que tenemos que orientarnos con nuestras energías morales e intelectuales plenamente dispuestas. La Navidad nos habla entonces con la espontaneidad de los encargos divinos.

Ya en un plano más personal, para mí la Navidad es una especie de retablo de impresiones naturales, en el más entrañable sentido del término. Sólo de pensar en los recuerdos navideños se me aparecen las imágenes de los cerros y las luces de los entornos del Cantón San Nicolás, un poco adelante de Apopa, muy cerca del río Las Cañas. En la casa había cena el 24, siempre con invitados: a las 6 de la tarde, tamales, y en la medianoche, pavo horneado. Al amanecer del 25, los regalos de los niños, y luego yo me iba a caminar con los perros de la casa por el monte, para recibir los efluvios de la frescura que me llegaba hasta los trasfondos del alma. Nunca dejaré de sentir los abrazos de aquellas brisas, que eran y siguen siendo los mejores augurios.

El tiempo pasa y la vida se acumula. Dejamos de ser niños, atravesamos la adolescencia, remontamos la adultez, entramos en los años maduros. Hasta aquí la Navidad continúa enviando mensajes. Oírlos y asumirlos como voces de personalizada trascendencia es lo que hace que en estos días haya tantas vibraciones esperanzadas. Porque la Navidad es precisamente eso: un vivero de esperanza a la vez humana y celestial, en el que ambas dimensiones del ser se juntan para rendirle tributo al Amor, que es la fuerza que mueve todas las energías del universo, desde las profundidades de la conciencia individual. Sintámonos, pues, depositarios de la Gracia en el más cotidiano sentido de dicho término.

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