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Diciembre, mes de recuerdos hilvanados en el tiempo y de experiencias con sabor a destino (1)

Aquel diciembre, pues, me dejó una experiencia de vida verdaderamente imborrable. Los efectos personales y familiares de un secuestro persisten en el tiempo, que todo lo borra menos las huellas profundas.
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Diciembre es un mes mágico en muchos sentidos, comenzando por el hecho de que es el último mes del año, lo cual tiene una connotación profundamente simbólica: es, a la vez, puerta de salida y umbral inminente. Quizás por todo ello cuando llegamos a diciembre se nos ponen más alertas las antenas de la percepción, como si estuviéramos más dispuestos a descubrir con mayores capacidades inteligibles los significados de lo vivido, en clave no sólo de pasado sino también de presente y de futuro. Cada quién tiene su propio álbum de remembranzas decembrinas, y al abrir dicho álbum van surgiendo imágenes que nos invitan a reflexionar sobre las enseñanzas del tiempo, que tienen cada una de ellas su propia animación y su propia revelación.

Me ubico en un punto específico del calendario recorrido: 1 de diciembre de 1974. Es de mañana. Suena el teléfono. Me avisan que mi padre acaba ser sacado de su oficina frente a su casa en Santa Ana por sujetos desconocidos. Me voy de inmediato hacia allá. En efecto, los que se lo llevaron tenían uniformes de fatiga y había además una mujer. Acudo de inmediato a todos los cuerpos de seguridad, a indagar si está en alguno de ellos. En todos me dicen que no lo tienen, y en verdad mi padre, que es un cafetalero de pensamiento tradicional, siempre ha tenido muy buenas relaciones con la autoridad. ¿Qué ha pasado, entonces? Difícil imaginarlo en aquel momento, porque, aunque después del secuestro y muerte de Ernesto Regalado Dueñas a comienzos de 1971 circulan rumores sobre actividades de grupos clandestinos, hay poca certeza al respecto.

Al siguiente día, está programado un acto en Los Chorros, para poner una placa en homenaje al notable y querido poeta Raúl Contreras, cuyas cenizas están enterradas en ese lugar, que fue obra de Raúl cuando se desempeñó en el área gubernamental de turismo. A mí me toca hacer el ofrecimiento poético en el acto mañanero. Contraste casi inverosímil, dadas mis circunstancias. Acudo, por supuesto, con el pendiente de lo ocurrido un día antes. A mi regreso del acto tengo la llamada de un amigo. Acudo a su casa y ahí han ido a dejar el primer mensaje de los secuestradores: es el grupo clandestino Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP. Asumo personalmente todo lo relativo a la negociación y llegamos al punto de la entrega del dinero. Lo hago, por indicación de los secuestradores, en la casa del mismo amigo que recibió el primer mensaje. Así el domingo 8 encontramos a mi padre en la Colonia Utila. De ahí lo llevamos a la Policlínica Salvadoreña para hacer las curaciones y exámenes del caso.

La experiencia del secuestro es una de las más traumáticas que hay, aunque al final se pueda superar el momento sin que la víctima directa pierda la vida. Y lo es porque es estar en manos de gente puede hacer cualquier cosa para lograr su objetivo económico. En mi caso, lo peculiar fue que, pasados muchos años después del trance, pude conocer personalmente a los secuestradores, y así probarme a mí mismo que es posible superar traumatismos emocionales cuando la vida nos da la oportunidad de ello y la asumimos con el debido compromiso de superación moral. El rencor es la forma más perversa e injusta de compartir la culpa, aunque ésta con frecuencia ni los culpables la sientan.

Aquel diciembre, pues, me dejó una experiencia de vida verdaderamente imborrable. Los efectos personales y familiares de un secuestro persisten en el tiempo, que todo lo borra menos las huellas profundas. En el país se ha tendido a caracterizar como víctimas sólo a los que mueren y a sus parientes. Ese reduccionismo falsifica la realidad, dejando zonas oscuras que impiden salir de veras hacia los espacios de la verdad plena. Víctimas son todos los que han padecido injusticia, venga de donde viniere.

El aura de diciembre es siempre propicia para procesar emociones y vitalizar enseñanzas. Y nuestro diciembre, caracterizado por sus iluminaciones sedantes y deslumbrantes, viene a ser como un reservorio de energías benéficas a disposición de todos. Los seres humanos necesitamos estímulos constantes para ir dándole forma al destino personal, que es el factor sumatorio del destino nacional. Esto debe hacernos valorar y aprovechar las armonías de diciembre, que son espiritualidad en vivo.

Estamos hoy en diciembre de 2016, y ahora más que nunca los salvadoreños necesitamos procesar experiencias y descifrar lecciones. Lo vivido nunca va a desaparecer, pero sí puede y debe ser asimilado en clave de presente con perspectiva.

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  • diciembre
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