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Diciembre, mes de recuerdos hilvanados en el tiempo y de experiencias con sabor a destino (y 2)

Este diciembre está por cerrar sus cortinas de seda blanca y ahora mismo llegará enero de 2017, con todas sus maletas por abrirse. ¿Qué nos traerá 2017? Lo que nosotros nos dispongamos a querer que nos traiga.
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Han pasado 17 años desde el diciembre que rememoré en la columna del pasado sábado, y esta vez lo que se vive es un suceso de otras dimensiones y perspectivas: los negociadores de la paz, luego de nuestra reunión en el hotel Real de Minas en el espacio mágico de San Miguel de Allende, estamos en Nueva York, instalados en el hotel Helmsley de la Calle 42 de Manhattan, porque el trabajo final se desarrolla en la sede misma de las Naciones Unidas. Es un invierno benigno, que podría ser interpretado como el escenario climático ideal para que el proceso negociador llegue a feliz término, y además hay una dato cronológico que funciona como motor de emergencia: el 31 de diciembre, a la medianoche, concluye el período del Secretario General de la UNO don Javier Pérez de Cuéllar, el peruano que con tanta dedicación ha gestionado el rol de la Organización en nuestro desenlace, y si no hay humo blanco antes de esa medianoche quién sabe cuánto tiempo más podría durar el esfuerzo.

Hemos estado negociando desde mediados de mes y las cosas avanzan, pero aún nada es seguro. Hay algunos que quisieran tomarse un “break” navideño, pero también estamos los que creemos que hay que seguir hasta ver a Dios, y esa es la postura que prevalece. El día 28 llega a Nueva York el Presidente Cristiani, acompañado por su esposa, Margarita, y se instalan en el mismo hotel en que estamos nosotros. Hay puntos delicados por tratar y se necesita la presencia del Presidente para desatar nudos. Él, como es lo prudente, no se comunica con la gente del FMLN: los negociadores seguimos en la mesa. Y tres días después, el propio 31 de diciembre, con el apoyo de los países amigos y con la decidida gestión de la ONU, representada en la mesa por Álvaro de Soto, delegado directo del Secretario General, se llega al acuerdo final, que se firma a las 12:20 de la noche, ya formalmente primero de enero pero políticamente aún 31. El calendario ha sido uno de nuestros grandes apoyos a lo largo de este proceso de más de dos años de duración.

Queda precisamente el punto del calendario de cumplimiento de los acuerdos, y como ya está fijada la fecha para la firma en México el 16 de enero hemos llegado a acordar que si no podemos ponernos de acuerdo será la ONU quien lo establecerá. Estímulo perfecto: el día 14 logramos consensuar el calendario, y salimos de inmediato muy temprano hacia El Salvador, porque al día siguiente hay que volar al D.F. de México a la ceremonia en Chapultepec que tendrá lugar en la mañana del día 16. Todo esto es inédito en nuestra historia nacional. Luego de una larguísima época de división nacional creciente, que llegó al plano de la destrucción fratricida, el encontrarse en aquel ambiente de armonía tenía mucho de inverosímil; sin embargo, el compromiso se hallaba en pie y las firmas estaban por ponerse.

Están a punto de cumplirse los primeros 25 años desde aquel momento estelar en el famoso Castillo que los mexicanos vistieron de gala para el momento. Tenemos que seguir hablando de transición –o más bien de racimo de transiciones– porque los salvadoreños, y muy en especial los liderazgos políticos, económicos y sociales, seguimos en fase de aprendizaje de lo que es la lógica democrática en la práctica de la vida normal. Y ahora, al rememorar aquel diciembre en el que todo lo negociable quedó sellado, se pone cada vez más de manifiesto que lo que se formalizó entonces fue el acta de nacimiento de la paz: quedaba por delante la vivencia progresiva de ella. Es igual que en la vida de un ser humano: con el nacimiento se abre la puerta de las posibilidades existenciales, pero sólo el desarrollo del vivir pone de manifiesto lo que se va logrando y lo que deja de lograrse en la ruta.

Aquel diciembre de clima suave en Nueva York puso la pauta de lo que tendría que ser el despliegue de la nueva experiencia de vida colectiva en El Salvador. Como no se atendió debidamente el mensaje hemos venido dando tumbos, cada vez más artificiales, pese a que el terreno histórico estaba y sigue estando preparado para un avance verdaderamente natural y progresivo. Eso debería servirnos como enseñanza viva no para recuperar el tiempo perdido, que siempre es irrecuperable, sino para hacer que el tiempo actual y los que vienen se muevan con energías verdaderamente puestas en línea con la realidad.

Este diciembre está por cerrar sus cortinas de seda blanca y ahora mismo llegará enero de 2017, con todas sus maletas por abrirse. ¿Qué nos traerá 2017? Lo que nosotros nos dispongamos a querer que nos traiga. Así de claro y así de simple.

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