Dios, sana a nuestra patria enferma

La pobreza extrema, el desempleo, la codicia y el egoísmo desbordados; la soberbia y los rencores que envilecen el alma, el consumismo y los vicios, políticos polarizantes e insinceros, el angustioso costo de la vida y la inseguridad han causado profundas heridas a nuestro querido Cuscatlán.
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Es imposible fortalecer nuestro precario desarrollo solamente con las remesas de $3,000 millones anuales que vienen de EUA, donde viven alrededor de tres millones de salvadoreños. Los cuscatlecos, casi todos, nos creemos cristianos, pero muchos caminamos lejos de las sendas que nos trazó el Divino Maestro.

Los que se dicen ateos y los salvadoreños de otros credos son relativamente pocos. Pero todos, sin excusas, deberíamos unir nuestros esfuerzos para cicatrizar las heridas de este sufrido “Pulgarcito”. Elevemos oraciones sinceras al Dios de nuestra fe, pidiéndole que nos ayude a salir de la oscuridad de nuestros encierros mentales, partidistas o ideológicos, sociales o empresariales o religiosos, al sol radiante de la esperanza uniendo nuestras manos y nuestras voluntades en una poderosa cadena de solidaridad patriótica.

Todos somos hermanos... Los jóvenes, los niños y los que vendrán después merecen una sociedad diferente, justa, segura y libre.

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