Dios siempre está presente

San Juan Pablo II afirmó en una homilía: “La vida habitual de un cristiano que tiene fe –solía afirmar Josemaría Escrivá–, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente”.

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Esta visión sobrenatural de la existencia humana abre un horizonte muy grande para toda persona, porque, Dios se hace cercano a nosotros, y nosotros podemos cooperar en su tarea de redención del mundo, con nuestro trabajo bien hecho y ofrecido a Dios, con nuestro trato con la familia, con nuestra participación en el desarrollo de la sociedad en que vivimos.

Por tanto, se comprende más fácilmente lo que afirma el Concilio Vaticano II, esto es, que “el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo (...), sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber”. A los laicos les corresponde más directamente sacar adelante la sociedad en general, colaborando en las asociaciones profesionales, etcétera.

Poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas fue el ideal de san Josemaría y que difundió por todo el mundo, llegando a toda clase de personas, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, de todos los continentes: a los intelectuales, a los que desarrollan trabajos manuales, a las amas de casa; a los campesinos, a las empleadas del hogar, a los sacerdotes,...

Y esto fue lo que enseñó y pidió a sus hijos que hicieran en todo momento, en cualquier situación en que se encontraran y en todos los países del mundo, sin hacer caso a las dificultades que se pudieran presentar, sin miedo a nada, sabiendo que Dios está a su lado siempre, para ayudarles en cualquier dificultad que pudiese presentarse a lo largo del quehacer diario.

Ciertamente, no suelen faltar incomprensiones y dificultades para quien intenta servir con fidelidad a la causa del Evangelio. El Señor purifica y modela con la fuerza misteriosa de la Cruz a quienes llama a seguirlo; pero en la Cruz encontramos al Señor, porque ese es el camino del cristiano: seguir a Jesús con su Cruz a cuestas.

Así, san Josemaría señalaba que para alcanzar la santidad que Dios nos pide, hemos de vivir muy cerca de Él y hacer un intenso apostolado. Y el secreto está, como escribió en Camino: “Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy ‘en tercer lugar’, acción” (Camino, n. 82). Es decir, nada saldrá adelante sin previa oración y sacrificio; y luego con el esfuerzo de un trabajo bien hecho y ofrecido al Señor.

Acudamos a la intercesión de san Josemaría para pedirle ayuda en nuestra tarea diaria en la familia: la atención del hogar, de los hijos, de los que colaboran con nosotros para sacar adelante la familia y el trabajo; para acercar muchas almas a Dios, animándolas a acercarse a los Sacramentos, especialmente a la Confesión y a la Sagrada Comunión y animándolos también a ellos a que acerquen a su vez a Dios a otras personas.

Este es el espíritu del Opus Dei, que el Señor hizo ver a san Josemaría que quería que se difundiera por toda la tierra, moviendo a muchas personas a amarle a Él y a las almas. A que sientan la necesidad de moverse para cambiar la historia del mundo, haciéndolo más y más cristiano cada vez.

Pidamos también a la Virgen, Madre de Dios y Madre Nuestra, para que nos animemos, nosotros en primer lugar y lo logremos, con su ayuda, animar a muchas personas y contribuyamos así a cambiar el mundo.

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