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Doctores ¿Honoris? Causa

La historia de los Doctorados Honoris Causa se remonta a la Edad Media; posiblemente al episodio cuando la Universidad de Oxford en 1470 exime de algunos requisitos legales para que Lionel Woodville obtenga un título académico y luego sea nombrado canciller, decano y obispo de Salisbury.
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El reconocimiento académico “Doctor Honoris Causa” (Honorary Doctorate) es un título o grado honorífico (dependiendo de la tradición cultural) que otorga una determinada universidad a personas eminentes, destacados generalmente en un campo profesional. Honoris Causa es una locución latina que se puede traducir “por causa de honor”. Estos doctores reciben los mismos privilegios que aquellos que han obtenido el grado por el modo convencional, llevando cursos y habiendo realizado la disertación doctoral, aunque siempre se distingue que es un formalismo de dignidad otorgada por otra vía.

Las casas académicas serias poseen una lista selecta de investigadores, científicos, pensadores, escritores, etcétera, de la cual, su claustro va examinando los méritos y aportes significativos a la sociedad, y luego se postulan para la entrega del reconocimiento. Generalmente, se consideran entre los candidatos a personalidades con algún vínculo con la academia o la ciencia, para mantener el prestigio de la casa de estudio, evitando que se utilice el acto para fines inadecuados tales como: ganar publicidad, obtener fondos, impulsar a una figura política, quedar bien con un sector, satisfacer egos de allegados, entre otras ridiculeces.

La investidura tradicional, en acto solemne, entrega al distinguido: su birrete (el yelmo para seguir luchando), el anillo (la alianza con la sabiduría), los guantes blancos (la pureza), el libro (los secretos de la ciencia) y el diploma; cada elemento posee una profunda simbología; luego se lee lo siguiente: “Toma asiento en la cátedra de la sabiduría, y desde ella, descollando por tu ciencia, enseña, orienta, juzga y muestra tu magnificencia en la Universidad, en el foro y en la sociedad”. En algunas casas académicas prestigiosas se les pide a los candidatos que escriban un discurso como “Tesis et Jure Dignitatis”.

Algunas universidades de cultura sajona tienen costumbre de entregar el “Ad Eundem Degree” como cortesía o título honorífico a miembros de su claustro académico, como una incorporación selecta a las facultades. Otras universidades prestigiosas como MIT, Cornell, Stanford o Rice tienen como política el no entregar ningún grado honorario.

Sobre la base de esta reflexión y considerando la variopinta casuística de nuestros Doctorados Honoris Causa de las universidades locales, podemos afirmar con cierta discreción: 1) Una universidad tiene el récord de entregar varias decenas de doctorado en un solo acto. 2) Otra universidad iba muy bien en su lista de destacados doctores hasta que sus últimas nominaciones desprestigiaron totalmente el grado. 3) Una de nuestras casas de estudio compite con la Universidad de Southampton la cual en 1996 entregó un Doctorado en Letras a la Rana René (Kermit the Frog) de los Muppets. 4) Dos universidades no paran de dar Doctorados a diestra y siniestra para lograr quedar bien, un poco de publicidad y mejorar su imagen. 5) Hay una universidad que es selectiva: si donas algo, hay doctorado; así las cosas...

Los Doctorados Honoris Causa no solo son un reconocimiento “académico” a ciertas personalidades, sino que a la vez reflejan el grado de prestigio de la universidad –lo que valora y a quien valora–; asimismo, deben ser reconocimientos ubicados en su contexto académico y en el plano de aporte nacional e internacional. No debemos olvidar que artistas, deportistas, empresarios, etcétera, tienen un espacio propio para sus reconocimientos y méritos. ¡Cuidemos la causa del honor en los doctorados!

Mientras el país se hace pedazos por la corrupción y el fanatismo ideológico, ante la mirada impávida de los rectores, la preocupación académica es: ¿a quién le daremos el próximo Honoris Causa...?

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