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Don Alfonso Salazar seguirá vivo en el ejemplo de una existencia laboriosa y fructífera

En el curso de la vida, y por distintas rutas, uno va encontrándose con seres humanos del más variado perfil y de las más diversas significaciones.
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Don Alfonso Salazar seguirá vivo en el ejemplo de una existencia laboriosa y fructífera

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Desde el momento de nacer, todos somos parte del mosaico de las experiencias, y esa realidad en constante movimiento no excluye a nadie, independientemente de lo que cada uno sea o represente. Y entonces salta de inmediato una evidencia que todos tendríamos que reconocer sin falsedades interpretativas: el destino de cada uno está determinado en definitiva por lo que cada quien quiera hacer de su tiempo y de su destino. Aquel maestro insuperable que fue don Rubén H. Dimas repetía sin descanso las enseñanzas prácticas que forman para la vida. Entre muchas de ellas, recuerdo hoy una que se aviene a lo que acabo de expresar. Decía don Rubén: “No importa lo que quieras hacer contigo mismo; lo que importa es que lo hagas con voluntad de excelencia. Si vas a ser el barrendero del pueblo tienes que proponerte ser el mejor barrendero del pueblo”. Y así en toda la escala de las aspiraciones y de sus puestas en acción.

Estas reflexiones me vienen a la mente cuando se ha producido la ausencia física definitiva de don Alfonso Salazar, cuya trayectoria humana y profesional constituye sin duda un manual de la máxima elocuencia sobre lo que debe ser el desempeño de una vida bien vivida. Dedicado básicamente a la labor periodística, cumplió también funciones diplomáticas y administrativas de naturaleza gubernamental en el curso de los casi noventa años que duró su presencia en este plano. Conocí personalmente a don Alfonso en Madrid, en los albores de la primavera de 1978, cuando él tenía un cargo en la Embajada salvadoreña; pero mi trato más directo con él se dio a partir de 1989, cuando volvió a su labor periodística en LA PRENSA GRÁFICA, que evidentemente constituía su destino laboral más entrañable. En aquellos tiempos, LPG estaba ubicada aún en el edificio del centro capitalino, muy cerca de lo que fueron el Cine Central y el Mercado Empórium. Yo llevaba mis trabajos escritos a máquina, como entonces era lo normal, y él los revisaba con el cuidado que le era característico.

Una de las mayores virtudes funcionales de don Alfonso era su entrega cotidiana al trabajo bien hecho. En ese sentido hay que traer a cuento el hecho de que al ejercer como jefe del departamento de Relaciones Públicas de Casa Presidencial durante más de veinte años nunca se dejó contaminar por ninguna mala práctica política. Fue siempre correcto e íntegro en todos sus desempeños. Eso marca su ejemplo con el sello de la excelencia, sobre todo en un medio tan volátil como el nuestro. Y en lo que se refiere a su trabajo periodístico, igual valoración es la que corresponde. De ahí que el legado más valioso y ejemplarizante de este personaje tan digno de memoria sea su hoja de conducta, limpia en todo momento.

Allá en 2007, con ocasión de su cumpleaños número 80, publiqué en LA PRENSA GRÁFICA una columna titulada “Don Alfonso”. Quiero recordar aquí un párrafo de aquella columna: “Pero volvamos a don Alfonso. El saldo de una vida se va midiendo progresivamente por los hechos que esa vida genera en el plano de lo real. En el caso de don Alfonso Salazar, esos hechos son obra cotidiana, finamente cumplida. Estamos acostumbrados a reconocer y aun celebrar a los héroes pomposos, espada en mano o poder en ristre, y a rendir pleitesía a los creadores de fulgor circunstancial, que casi nunca pasan ilesos por las horcas caudinas de la posteridad; pero poco se habla de los héroes de la cotidianidad, que no figuran en ningún almanaque ni tienen su cofre personal de medallas. Son los héroes que no se hacen ver pero se hacen sentir en el único ámbito que todos compartimos: el de la vida que pasa, día tras día, en sucesión de responsabilidades y en comunidad de esfuerzos ciudadanos”. Hoy reafirmamos que don Alfonso es uno de esos héroes.

No sólo recordemos a don Alfonso como lo vimos y lo tratamos durante tantos años: rindámosle el mejor tributo, que es valorar su ejemplo y asumirlo como lección compartible.

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