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Doña Lilliam

Todos los seres humanos, independientemente de nuestras condiciones personales, estamos determinados por los vínculos familiares o por la falta de ellos.
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 Este día, 21 de noviembre, quiero tomarme la licencia de decir unas cuantas palabras sobre la persona que más influyó en mi desenvolvimiento anímico y conductual, prácticamente desde el inicio de mi vida: mi abuela materna, doña Lilliam Pohl, descendiente de inmigrantes alemanes, que llegó muy joven a El Salvador por motivos familiares desde su natal Nuevo México y aquí se quedó para siempre. En Armenia, alojada en la casa de don Patricio Brannon y amiga cercana de Carmen, Claudia Lars, conoció a mi abuelo Héctor Galindo, el dentista del pueblo, y pronto contrajeron nupcias. Él se fue tiempo después hacia Honduras, y doña Lilliam se quedó a cargo de sus dos hijos, trabajando como profesora de inglés en Sonsonate y luego en San Salvador. En lo que a mí corresponde, mis padres se divorciaron cuando yo tenía apenas dos años. Mi madre volvió a casarse, y yo quedé prácticamente a cargo de doña Lilliam. Gracias, Providencia, por ese privilegio. Mujer íntegra y positiva al máximo, nunca le oí una queja sobre su suerte. Era trabajadora sin descanso y no guardaba rencores ni alimentaba frustraciones. Lección de vida plena. Nació en Albuquerque un 21 de noviembre. Este día la rememoro como si estuviera presente. Y lo está, en el mejor sentido del término.

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