Dos países

Marcharon pidiendo paz, justicia, fin de la persecución política. Su objetivo era una sede diplomática, pero los cuerpos de seguridad les impidieron llegar.
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Se conformaron con enviar una carta con sus peticiones. La escena no sería surrealista si no agregamos que los manifestantes incluían a la esposa de un coronel, a la hija de un general y a varios exmiembros de la Fuerza Armada de El Salvador.

Algunos paisanos reconocen con una sonrisa la paradójica inversión de papeles en el cuadro. Otros lo consideran un seco ejercicio del karma. Y al otro lado de esas opiniones, hay una ponderación de esa y otras expresiones como una legítima defensa de la soberanía nacional.

Diametralmente opuestas, las visiones alrededor de la detención de cuatro militares acusados del asesinato de seis sacerdotes jesuitas y de dos de sus colaboradoras en 1989, así como de las órdenes de detención contra otros 14 por el mismo crimen, están contaminadas de la polarización que mantiene ciego e inválido a nuestro país. De todos los temas que animan el diálogo de sordos entre ARENA y FMLN, este y el de la posible derogación de la Ley de Amnistía producen los espasmos ideológicos más violentos, extendidos a la sociedad gracias al histrionismo de los voceros de ambos partidos.

Para los ciudadanos más jóvenes es como si, en pleno 2016, dos países, cada uno de tiempos distintos, convivieran invadiendo uno el campo del otro. Uno de ellos es “su país”, en el que los partidos se suceden en la administración pública merced al sufragio, en el que puedes disentir sin que te eliminen, en el que le puedes mentar la madre a un funcionario en 140 caracteres, en el que te puedes parar enfrente de una sede fiscal a hacer “stand-up comedy”, en el que la policía es civil. El otro es “aquel país” en el que muchos de nosotros crecimos, en el que la falta de espacios democráticos y un largo etcétera de despojo y concentración de la riqueza devinieron en un conflicto armado, en terrorismo de Estado, en represión sistemática y en un baño de sangre que salpicó a tres generaciones.

Es como si aquel país invadiera la esfera de este. Pero eso es ilusorio, una visión benevolente de la realidad de nuestra nación. No son dos países. Es el mismo país.

El Salvador no ha cambiado, porque la naturaleza del poder no ha cambiado. Y aunque ahora haya nuevos círculos de influencia económica, todos persiguen lo mismo: más liquidez, menos Estado y silencio civil. Lo desean, lo procuran y permanecen en pulso con las instituciones para conseguirlo. No importa si sus delfines tienen 75 o 25 años.

Ante la influencia de los poderes de facto, lo único que la mayoría de salvadoreños tenemos es a las instituciones. A algunas. Ellas pueden velar porque los malos administradores públicos no nos roben, porque el Estado y el mercado sepan hasta dónde deben llegar, exigirle cuentas a los funcionarios (del pasado y del presente). Y pueden esclarecer los crímenes sobre los que la generación de la guerra creyó prudente garantizarse un futuro.

La otra trinchera que la sociedad puede levantar ante esas élites es la protesta. La movilización. El disenso activo. Esas batallas le corresponden a una generación que, por ahora, aún no sabe sobre cuántos muertos está construida su ciudadanía, ni cuáles de los señores que aparecen en sus libros de texto son homicidas.

¿Es posible otro país? Sí. Debe haberlo al final de la verdad. Y si tras la lectura sincera del pasado no hay un nuevo país, igual vale correr el riesgo.

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