Duelo de hipócritas

Como no sabemos de qué forma el zika, el dengue o el chikungunya han atacado a los políticos salvadoreños, tenemos razones para creer que la hipocresía es quizá la enfermedad más extendida entre ellos.
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Sabíamos que este mal era común a todos los partidos y que las contadas excepciones suelen tener fecha de caducidad; lo que ignorábamos es a qué niveles puede llegar el doble discurso y de cuánta excusa infantil se puede echar mano una vez ha quedado expuesto el fraude. De esa asombrosa capacidad para reinventarse en la mentira y el fariseísmo todavía no logramos registrar límites.

El video-audio que ha expuesto a dos figuras de la oposición negociando con líderes pandilleros en un momento crucial de las últimas elecciones presidenciales revela hasta dónde un político salvadoreño puede interpretar aquella frase según la cual “el fin justifica los medios”. Pero para medir bien la inmoralidad de este asunto no basta fijarnos solo en el acto hipócrita de realizar una negociación que a la vez se le critica duramente al adversario, sino en el hecho que esta fingida crítica se hubiera sostenido por dos años sin que sus protagonistas dijeran nada. Mentir, particularmente en política, es una grave muestra de indecencia; la mentira duradera, sin embargo, es sórdida, malévola, siniestra.

Ignoro qué está pensando hacer ARENA para evitar que su credibilidad termine arruinada por el escándalo, pero si su intención es recuperar la confianza de la ciudadanía debe resignarse a un proceso de investigación (política, más que judicial) y someterse a una cirugía mayor, que implica dar de baja a los involucrados –al menos como voceros autorizados del partido– y abrirse a una auténtica renovación de sus cuadros. La fortaleza es consecuencia de una crisis solo cuando la fuerza de la crisis tiene sus consecuencias. Si nada cambia en ARENA a partir de este episodio, el declive del principal partido opositor podría ser irremediable.

Nada mejor que una torpeza del calibre de una oscura negociación entre opositores y pandillas podía haber recibido el gobierno del FMLN en vísperas de la Semana Santa. Pero vemos que ha llegado la Pascua y el oficialismo parece decidido a no dejarse ganar en torpeza, hipocresía y falta de escrúpulos. Ahora son los diputados efemelenistas, tan mudos a la hora de exigir explicaciones por la tregua del quinquenio funesto, quienes se aprestan a montar investigaciones políticas, demandar acciones al fiscal y lanzar piedras al tejado vecino. ¡Es el colmo! ¿Dónde queda esa versión criolla del Jordán al que fueron a lavar sus pecados estos señores?

A la fecha seguimos esperando una historia convincente sobre lo que pasó en realidad durante los años 2012 y 2013 en materia de seguridad. Ni entonces ni ahora recibimos los salvadoreños una ilación bien argumentada sobre el origen, los propósitos y los efectos de la llamada “tregua”, un proceso de ambigüedades tan elevadas que podría esconder la explicación del repunte histórico de homicidios que hemos sufrido en el último semestre. ¿Cómo hacerle entender al FMLN que, mientras aquella espesura se mantenga impenetrable, todos los dedos apuntan hacia sus dos gobiernos y hacia sus funcionarios? ¿Quién le ha dicho al oficialismo que el caballo al que ahora pretende montarse está pintado de blanco?

La hipocresía es enfermedad común en la política, al punto que escandalizarse de ello bien puede ser tomado como otra forma de hipocresía. Pero asegurarnos que en nuestro escenario político haya cada vez menos espacio para la falsedad, el disimulo y los dobles discursos es una responsabilidad que los ciudadanos debemos asumir. Solo así nuestros “líderes” dejarán de olvidar el respeto que nos deben.

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