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Dura barrera de egoísmo contra inválidos

Cierto día, por invitación pública, me encontré en una reunión de superlativos intelectuales, eminencias en su campo de acción. En brillantes intervenciones, la mayor parte coincidió en criticar las políticas sociales, tildándolas de populismo y de manera falsa de ayudar a los pobres.
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La reiterada alusión a estos, a los pobres, me hizo pensar en los que atiende la Fundación Solidaria Pro Niñez y Juventud que desde hace ocho años presido en Berlín, sostenida en primer lugar por LaGeo, con ayuda financiera mensual y con frecuencia de otro tipo. Anualmente nos hacen un donativo don Teófilo Simán y su fundación, así como un generoso compatriota, Julio Rosa hijo, que reside en Monterrey, México, y sus gentilísimos padres. Otras instituciones o personas nos han socorrido en múltiples ocasiones, como Feed the Children, FUSAL y el ciudadano berlinés Pablo Ánliker Palomo. Aportaron ayuda una o dos veces la Fundación Kriete, Scotiabank, Freund, un Club de Leones y de Rotarios de San Miguel, un grupo de agentes navieros y varias personas particulares.

Volviendo al convivio de mentes privilegiadas, de honda sensibilidad y capacidad analítica de la realidad nacional, pensé aprovechar ambas cualidades y, animándome a pedir la palabra, me referí a los inválidos y demás enfermos que cuidamos en la fundación, seguro de recibir magnificentes pruebas de su vibrante humanismo.

Ninguno de ellos dedicó una sola palabra a mis desvalidos, seguramente muy poca cosa en comparación de los megaproblemas que ellos tratan con ardor patriótico; por ejemplo, la falta de inversión extranjera, la creciente deuda pública, necesitadas, esas sí, de resolverse. Finalizado el evento, se despidieron prodigándose abrazos y amplias sonrisas de mutua admiración. A mí, los que me saludaron, lo hicieron cortésmente y sansiaca.

Hace poco, habiendo sabido que vendrían a Berlín dos exitosos hombres de empresa, los invité a que aprovecharan para visitar la fundación. Cuando entraron al local, los ovacionaron en pie cien parientes y beneficiarios. Los vi tan favorablemente impresionados que me atreví a pedirles una modesta contribución mensual. Se comportaron como suizos en su triple fama: ricos, tacaños y desentendidos.

Una aristocrática dama de esa sociedad berlinesa que hace mucho abandonó esta fresca pero miserable e inelegante ciudad, me comentó en una conversación telefónica que sus negocios le llegaron a causar tal estrés que se había autorecetado como descanso un crucero de tres semanas. Poquito tiempo después, la fundación cayó en una aguda crisis que amenazaba suspender, los impagos de agua, teléfono y energía, por magros $150.

Me acordé de ella, con fe en que la charla anterior era vislumbre de Dios, anticipando la salida, holgada, de nuestra penuria. Le pedí $200, explicándole lastimeramente el motivo. Me respondió en tono de mayor angustia: “Nooo, imposible, no puedo”. Le repetí que eran míseros doscientos pesitos y volvió casi lagrimosa su inamovible negativa.

Finalmente, dos enjundiosos articulistas, fustigadores del regalo de pescado, se entusiasmaron con, fue su calificativo, mi admirable obra. Mientras saboreábamos delicioso café, al pedirles romper no lanzas, sino un pequeño alfiler, por nuestros pacientes, ofrecieron hacerlo en sus escritos semanales.

Pero, como decía una antigua canción de Felipe Pirela, “la historia vuelve a repetirse… el mismo amor, la misma lluvia… simplemente fue un adiós, inteligente de los dos…”

Finalmente no; una señora de alcurnia, después de cruzarnos e-mails, aceptó venir. Trajo algo maravilloso: piñatas y dulces. Y se llevó buenas esperanzas de volver con más. Es duro, difícil de romper, el egoísmo; pero se logra.

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