Durante los tres años sin elecciones que se avecinan se tendría que emprender en serio la modernización integral del sistema político

El país luce estancado porque sus motores anímicos y sus combustibles movilizadores no han sido puestos al día al ritmo de los tiempos. Y este es un déficit fundamental que habría que superar cuanto antes.
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Nuestro país ha venido avanzando de manera progresiva, aunque también accidentada, en la ruta que lo llevará a ser una democracia consistente y estable; y tal esfuerzo evolutivo habría sido más llevadero y espontáneo si en el camino se hubieran tratado los distintos problemas estructurales y coyunturales de una manera acorde con su propia naturaleza y complejidad. La inseguridad ciudadana creciente y la modorra económica crónica son lastres que cada día cuesta más cargar; y a esto se junta la aún escasa efectividad institucional, de la cual derivan buena parte de las desconfianzas que proliferan en el ambiente.

La institucionalidad política, que tiene tanto peso y tanta incidencia en toda la estructura institucional del país, si bien ha dejado atrás algunos de sus vicios y defectos tradicionales, todavía arroja saldos deficitarios en eficiencia y en credibilidad. Se viene acumulando una legislación que es circunstancial y por consiguiente dispersa; lo primero que habría que hacer, entonces, es el balance analítico de las leyes vigentes en referencia a la organización política y a los respectivos mecanismos de acción, para que se pongan en línea con el progreso que se busca alcanzar. Se requiere consolidar y asegurar la democracia representativa así como la democracia participativa, que son las caras de una misma moneda. Por ejemplo, cuestiones como la representación legislativa demandan un reciclaje adecuado, que en este caso supere el esquema de la obsoleta jurisdicción departamental para pasar al ejercicio de la jurisdicción distrital, en el que no se da el juego engañoso de los residuos.

Los que están llamados en primera fila a asumir el espíritu modernizador integral del sistema político son los mismos actores políticos. Esto podría parecer una contradicción en los hechos, porque son dichos actores los que más se vienen resistiendo a moverse en la línea de la auténtica lógica democrática. Tendría que haber una revitalización de los liderazgos, que no sólo se concrete en mecánicos relevos generacionales, sino que apunte a transformar creativamente las líneas básicas de pensamiento, a la luz de lo que acontece en un mundo tan cambiante como el actual, en el que nadie puede refugiarse en conceptos y prácticas dizque consagrados. Los extremismos teñidos de ideología pertenecen al museo de la bipolaridad anterior. Hoy hay que abrirse a las realidades transversales, que son las que imperan en el mundo global. Aun el concepto de desarrollo, que parecía ya intocable, está en vías de reconsideración.

Desde luego, la modernización del sistema político es sólo una parcela de la modernización integral que necesitamos. Para el caso, tenemos que modernizarnos en productividad, en competitividad, en gestión social, en dinamización cultural, entre otras. El país luce estancado porque sus motores anímicos y sus combustibles movilizadores no han sido puestos al día al ritmo de los tiempos. Y este es un déficit fundamental que habría que superar cuanto antes.

Y el punto de las apuestas de país surge a cada paso como una de las tareas que ya no admiten retraso. El país carece de apuestas, y sin ellas no hay brújula que valga. Sentémonos, pues, no a tratar cuestiones puntuales, como es tan acostumbrado hacer, sino a generar el gran acuerdo de nación que pueda conducir a la agenda completa que no deje ningún cabo suelto. Todos los problemas están interconectados. Y eso es lo primero que tendrían que asumir los políticos y sus fuerzas en este momento.

Tags:

  • democracia
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