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Educación, productividad y competitividad: el triángulo virtuoso en el que se sustenta el progreso de cualquier sociedad

La educación es la base de todo desarrollo, porque sin ella no hay cómo habilitar a los seres humanos para que cumplan con su función constructiva. La productividad es el mecanismo integrador del progreso en marcha. La competitividad es el motor creciente del intercambio productivo.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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La realidad nacional ha padecido desde siempre una carencia básica: la falta de un compromiso generalizado para que nuestro país sea el escenario donde afloren y fructifiquen las energías del progreso verdaderamente motivador. No es de extrañar, entonces, que sigamos inmersos en una inercia que se vuelve cada vez más frustrante y paralizadora. Pero el hecho de estar así produce un efecto que, por contraste, puede ser reivindicador: los salvadoreños nos vamos moviendo hacia el reencuentro de nuestras aspiraciones fundamentales, por la vía de la toma de conciencia de lo que queremos del presente con miras al futuro. Este es un fenómeno de autorreconocimiento que, como tal, no tiene precedentes identificables, pero que es suficientemente notorio para ya no poder ser ocultable ni disimulable.

Lo anterior pone a los liderazgos nacionales ante un desafío de características nuevas, que consiste en ir constantemente al encuentro de lo que la gente busca y anhela para su legítimo beneficio, a fin de poner todo lo que se deba en la línea de responder a los requerimientos populares, que son cada vez más explícitos y demandantes. Y, desde luego, lo que está más en la mira del sentir ciudadano es el progreso real, que llegue a todos y sea sostenible en el tiempo. De ahí que los mencionados liderazgos se vean compelidos a organizar un plan de acción que sea capaz de ir construyendo progresivamente la dinámica de progreso a la que hay que dedicarse sin alternativas. Es dentro de esa lógica práctica que ubicamos el triángulo virtuoso de la educación, la productividad y la competitividad.

¿Por qué poner énfasis tan decisivo en esos tres componentes que se han vuelto cada vez más relevantes y actuantes en el ámbito de las realidades presentes, prácticamente en todas partes, pero muy en particular en sociedades como la nuestra, necesitadas de sumarse con urgencia a los esquemas del progreso tal como ahora se concibe y se manifiesta? La razón principal se centra en la creación, el despliegue y el aprovechamiento de las oportunidades factibles, que tienen destino tanto personal como social. La educación es la base de todo desarrollo, porque sin ella no hay cómo habilitar a los seres humanos para que cumplan con su función constructiva. La productividad es el mecanismo integrador del progreso en marcha. La competitividad es el motor creciente del intercambio productivo.

Basta con enfocar lo que ha ocurrido en las sociedades que han logrado dar saltos de calidad verdaderamente significativos en la ruta del desarrollo para tener la evidencia clara de que han puesto los tres componentes antes mencionados en primera línea, acompañándolos por supuesto de otros tan determinantes como la seguridad, la predictibilidad y la legalidad. Y, desde luego, ya en lo que a la funcionalidad se refiere, se hace imperioso que los tres factores señalados vayan ajustándose constantemente a los avances del fenómeno evolutivo en el curso del tiempo, tal como éste se va manifestando en cada sociedad con nombre y apellido. Ejemplos, pues, hay muchos y variados, y a ellos hay que acudir como a un catálogo de lecciones a seguir, que deben ser adaptadas al caso correspondiente.

En lo que a El Salvador corresponde, la educación nacional más bien ha venido desestructurándose en el curso del tiempo, la productividad sufre un deterioro progresivo que nos desubica aun en el entorno inmediato, y la competitividad no ha recibido hasta la fecha los tratamientos potenciadores que la volverían un motor de vinculación global puesto al día. En tales condiciones, lo que urge hacer cuanto antes es un redimensionamiento correctivo de todas nuestras políticas estratégicas con el fin de ir ubicando al país en una plataforma de despegue que realmente nos dirija hacia un plano de funcionalidad integral. El Salvador necesita redefinir su rumbo en todos los órdenes, y eso sólo podrá lograrse si los actores nacionales, sin excepción, se posesionan de su responsabilidad como instrumentos del desarrollo.

Puestos en esta dimensión, lo que corresponde emprender cuanto antes es un ejercicio de reacondicionamientos estratégicos que pongan al país en dirección hacia lo que todos esperamos del futuro. Se trata de un compromiso con las nuevas realidades, que están a nuestra disposición siempre que nos animemos a impulsarlas con las energías que son necesarias para que el presente dé todo de sí. Si esto lo entendemos y lo asumimos en la proyección debida nuestro país podrá salir adelante como esperamos y merecemos.

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