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Ejercer el autocontrol, para superar el acoso de los descontroles

Nuestro proceso merece que se le trate con la seriedad y la responsabilidad que se ha ganado a lo largo de su turbulento devenir histórico.
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Ejercer el autocontrol, para superar el acoso de los descontroles

Ejercer el autocontrol, para superar el acoso de los descontroles

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Todos los seres humanos y, desde luego, las organizaciones de distinto tipo que forman, se gobiernan con movimientos de conducta, tanto personal como colectiva. La conducta humana dirige nuestra relación con la realidad, y ello hace que la educación de la conducta sea un componente vital y absolutamente insoslayable de la buena marcha de los fenómenos reales, en todas las formas de los mismos. Esto puede parecer una disquisición teórica, pero en verdad es una referencia perfectamente práctica. Cada día, a cada instante, estamos produciendo expresiones de conducta, y, por consiguiente, de las características de la conducta que se pone en práctica dependen los resultados que se van viendo en el acontecer sucesivo del vivir y del convivir. Esto, que es tan obvio, se deja de lado a cada paso, y por eso estamos como estamos.<p>Para entender y procesar nuestra realidad tenemos que enfocarla con la debida amplitud y comprensión. En primer lugar, se trata de un proceso en el tiempo. Lo que pasa hoy es, en buena medida, reflejo de lo que viene pasando en los sucesivos ayeres. Y siempre se trata de un proceso transicional, especialmente cuando se trata de una situación como la que se ha dado en el tránsito de la guerra a la paz. Esta fase transicional tiene una característica básica: coincide con el primer esfuerzo histórico de democratización nacional. Y la democracia es un ejercicio de equilibrios, que no se puede sostener si no se le maneja con tres componentes fundamentales: interdependencia, interacción y autocontrol. Así se puede resumir el mapa de situación en el que ahora mismo estamos ubicados, como sociedad y como institucionalidad. </p><p>Subrayemos estas tres palabras: INTERDEPENDENCIA, INTERACCIÓN Y AUTOCONTROL, porque las tres representan factores verdaderamente decisivos para saber si la democracia va en línea recta o si anda perdida por veredas riesgosas. La interdependencia significa que ninguno de los sectores, factores y fuerzas nacionales está desconectado del conjunto, y que más bien hay entre todos ellos una conexión indisoluble y permanente, que hace posible que podamos hablar de sistema nacional y de proceso nacional. Interacción significa que la interdependencia no es mecánica ni pasiva, sino que está movida por energías que requieren gestión conjunta, para poder manifestarse en un dinamismo que responda a las necesidades del sistema nacional y del proceso nacional. La interacción, entonces, es un requisito derivado de la misma naturaleza de los hechos. Y, desde luego, está el autocontrol, como la mano que dirige la brújula de todo ese esfuerzo interdependiente e interactivo. El autocontrol es la capacidad y la habilidad de dirigir la propia conducta en función del sano desempeño de la misma en la toma de decisiones y en el cumplimiento de obligaciones concretas. El autocontrol, pues, es una forma personalizada de la disciplina, en la que lo anímico y lo intelectual deben integrarse de forma armoniosa. Es de señalar que al ser una disciplina de la conducta, el autocontrol no se da por generación espontánea, sino que requiere un aprendizaje practico eficaz. En los individuos hay bases temperamentales y formas de carácter que inducen al autocontrol o que desvían de él; pero la educación del carácter siempre es capaz de generar tendencias positivas.</p><p>No es posible imaginar una sociedad democrática en funciones sin que los actores políticos –y muy especialmente ellos, que toman las decisiones claves para la conducción nacional— se comporten con la madurez requerida para hacer que el proceso sea una vía expedita y no un atajo pedregoso. Dicha madurez se expresa de diversas maneras, pero funcionalmente se rige por la práctica del autocontrol. En nuestro ambiente, como dicha práctica nunca ha sido expresión natural de vida, ni en lo individual ni en lo colectivo, sino más bien todo lo contrario, al ejercicio del autocontrol no se le da la importancia que tiene. Más bien se hacen valer los descontrolados, como si serlo fuera una credencial de valentía y de dignidad. Esta distorsión tiñe e impregna prácticamente todas las modalidades de acción y de reacción imperantes.</p><p>Nos hallamos inmersos, como sociedad y como nación, en una coyuntura de alta peligrosidad, porque hay crisis en el área más sensible del tejido democrático, que es la institucionalidad pública. No hay ninguna razón sustentada para haber llegado a los extremos de desacato y de arbitrariedad a los que se ha llegado. Es urgente, entonces, que el autocontrol se haga sentir en todos los ámbitos y niveles, no sólo para enderezar los entuertos actuales sino, sobre todo, para prevenir quebrantos futuros. Nuestro proceso merece que se le trate con la seriedad y la responsabilidad que se ha ganado a lo largo de su turbulento devenir histórico. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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