El 1 de marzo lo más relevante tendría que ser que la ciudadanía deje de actuar por inercia y lo haga por conciencia

Ahora vienen 3 años que sin duda serán determinantes de lo que pueda avanzarse en el futuro inmediato, y en gran medida ese logro posible dependerá del accionar que se dé en el área legislativa.
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Se viene haciendo patente en la atmósfera preelectoral el imperativo de que los ciudadanos, al estampar su voluntad en la papeleta de votación, lo hagan con más sentido de función electora. Venimos de una larga época en que el voto ha sido más una formalidad que un compromiso, y si bien desde que la democracia se instaló en el ambiente el concepto de ciudadanía y la función de la misma vienen ganando espacio y significación, aún queda mucho por promover en ambos sentidos. El ciudadano tiene que tener presente que le corresponde elegir, y no sólo endosar lo que otros han dispuesto, sobre todo desde las cúpulas partidarias, que responden a intereses tanto propios como ajenos. Elegir es escoger con libertad, y cada uno de los electores es responsable directo de su decisión, tenga o no la debida conciencia de ello.

Según venimos repitiendo cada vez que las circunstancias lo hacen oportuno, el evento electoral que tendrá lugar el próximo 1 de marzo trae novedades que van más allá de las reformas del procedimiento electoral: hoy los salvadoreños podremos escoger diputados de manera más personalizada y lo que decidamos en cuanto a concejos locales podrá incidir en la representación plural dentro de los mismos. No son novedades de forma, sino de fondo, que por sí mismas encaminan hacia nuevas expresiones de representación. Y en tanto más ciudadanos estén debidamente enterados de ello habrá resultados electorales más ajustados a la realidad del país, en el presente y de cara al futuro.

Como es natural, para las fuerzas partidarias todo esto constituye retos que las alejan progresivamente de la comodidad a la que por tradición estaban acostumbradas. La lógica del proceso político le va dando al ciudadano más presencia y más incidencia en el mismo. Y ello implica, por supuesto, más conciencia y más análisis sobre lo que hay que decidir y sobre cómo decidirlo. Se requiere, por consiguiente, un mayor nivel de educación política entre la ciudadanía; y, dado lo que esto representa y significa como empoderamiento de la voluntad ciudadana, es desde la misma sociedad civil organizada de donde deben surgir los mayores esfuerzos para que la mencionada educación se dinamice y se haga valer.

Aunque el tiempo que queda para llegar al día de los comicios es ya casi inexistente, siempre será oportuno insistir en que la ciudadanía debe proponerse que los equilibrios de poder, sobre todo en la Asamblea Legislativa, se constituyan en mecanismos de control para que todas las decisiones apunten hacia el servicio del bien común, y no de líneas partidarias específicas. Lo conveniente sería que la correlación de fuerzas resultante de las urnas estuviera marcada por la necesidad de entendimiento entre las entidades políticas que cuentan con más caudal de representantes, para así garantizar que no pueda haber arreglos sesgados como los que ya se han vuelto habituales, sobre todo en las cuestiones más decisivas para el país.

Ahora vienen 3 años que sin duda serán determinantes de lo que pueda avanzarse en el futuro inmediato, y en gran medida ese logro posible dependerá del accionar que se dé en el área legislativa. Es por ello que el 1 de marzo es una fecha clave dentro del calendario político nacional. Y tanto la ciudadanía como los partidos en competencia tienen que superar la inercia de siempre y pasar a un ejercicio de voluntades con visión.

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