El 15 de septiembre es más que una fecha en el calendario cívico

Los salvadoreños necesitamos —-y con apremio— reverdecer nuestra conciencia patriótica. La vida no la deciden los partidos políticos ni es patrimonio de los poderes fácticos. La nación es tarea de todos. La Patria es hogar de todos.
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<p>[email protected]&nbsp;</p><p>Todos —los individuos y las colectividades— necesitamos símbolos que vayan siendo como mojones en el curso de la vida. Centroamérica se desprendió del imperio español un día 15 de septiembre, en la sede de la Capitanía General de Guatemala. Duró bien poco nuestra experiencia federal, porque en verdad nunca nos propusimos construir una república dentro de ese formato político. Y la inmadurez histórica hizo que las pequeñas y mezquinas rencillas provincianas le hicieran el servicio al caudillismo galopante. Después de casi dos siglos en las mismas, los imperativos de la realidad global nos están llevando de nuevo a la ruta integradora, en condiciones muy diferentes a las de entonces, pero haciendo sentir que las afinidades de fondo están aquí, y, sobre todo, que las ventajas y los beneficios de ser una entidad integrada van al hilo de los tiempos.</p><p>Pero bien: hoy es 15 de septiembre. En nuestro ambiente, todo lo que tiene que ver con Patria se ha venido desdibujando con el paso del tiempo, y muy en especial en las décadas más recientes. Es como si se estuviera descalcificando progresivamente la noción de familia nacional. Por fortuna, la enorme marejada de migrantes salvadoreños, iniciada en los años 80 del pasado siglo y activa hasta la fecha, proyecta, desde la lejanía, el resplandor emocional de la nostalgia. La Patria salvadoreña, por insospechada paradoja, sobrevive con bastante más prestancia y vitalidad fuera de nuestras fronteras que aquí adentro. Adentro, impera la confusión emocional. Mucha gente confunde Patria con sistema, y las evidentes fallas, triquiñuelas, culpas y deficiencias del sistema se las adjudican también a la Patria. Hay que estar muy claros en las diferencias.</p><p>Nadie puede vivir sin arraigos familiares, con todos los matices que estos puedan presentar en la realidad de cada vida humana. Y la Patria es, sin duda, un espacio anímico, de naturaleza eminentemente familiar, asentado en un espacio geográfico marcado por sus propias características. Todos somos seres de origen, y las condiciones del origen determinan buena parte de lo que somos. No es de extrañar, entonces, que los originarios de una misma zona del mapa tengan vínculos indisolubles con ésta, se den o no cuenta de ello, quieran darse o no cuenta de ello. Los salvadoreños tenemos un pequeño mundo en común, que es, en principio, y geográficamente hablando, una versión muy original e identificable del convivio de los cuatro elementos clásicos: tierra, agua, aire y fuego. </p><p>Y eso nos hace pensar, sentir, hablar, comer, etcétera, de unas maneras muy afines, más allá de cualquier diferencia socioeconómica. Cada quien lo vive a su manera. Y como hay que partir de la propia experiencia, debe decir que, en mi caso, los recuerdos imborrables de mi infancia campesina son la base de lo que soy y de lo que quiero ser. ¿Alguien puede imaginar algo más apetitoso que unos frijolitos negros volteados en compañía de una tortilla bien tostada de maíz también negro? ¿Alguien puede figurarse en algo más radiante que un amanecer salvadoreño en los días de la claridad veraniega? ¿Alguien puede experimentar una sensación de amabilidad entre desconocidos que sea superior a la que de pronto surge entre compatriotas que están aquí o allá, y de seguro más entre los que están allá que entre los que estamos aquí?</p><p>La Patria, pues, es mucho más, infinitamente más que una fecha en el calendario. Es una forma del amor. Dejo al respecto un testimonio. El 31 de enero de 1991, en plena negociación de la paz, me nació un soneto llamado EL SALVADOR, que ahora copio, del libro “Doy fe de la esperanza”: “Dios te bendiga, tierra en que la espiga/ crece más que la zarza. Dios te guarde,/ tierra que das el fruto sin alarde;/ que das el pan sin enseñar la miga.// Dios te conforte, tierra en que la hormiga/ no se detiene ni ante el muro que arde./ Y tal como hace Véspero en la tarde,/ Venus al pie del alba te bendiga.// Dios te dé suavidad, tierra convulsa,/ ya que en la adversidad te dio corteza,/ y te mantuvo, entre el fragor, airosa.// Te otorgue Dios la compasión que endulza,/ para que, haciendo honor a tu entereza,/ en lava de volcán surja la rosa.” </p><p>Los salvadoreños necesitamos --y con apremio— reverdecer nuestra conciencia patriótica. La vida no la deciden los partidos políticos ni es patrimonio de los poderes fácticos. La nación es tarea de todos. La Patria es hogar de todos. En el mundo actual no sólo se globalizan las realidades económicas, políticas y tecnológicas: hay una globalización más profunda, que puede ser el escenario de un nuevo humanismo. Un humanismo que necesitará arraigos aún más fuertes, como el arraigo de Patria. Esas son las nuevas formas de los tiempos. </p><p>&nbsp;</p>

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