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El 3F en perspectiva (I)

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Juan Héctor Vidal

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Punto de partida. En un momento se habló de un posible fraude y, unos días antes del 3F, de que habría segunda vuelta. Ambas aseveraciones fueron catalogadas como desafortunadas, para decir lo menos, por su procedencia: el ahora presidente electo y el presidente del TSE. Hoy, lo único cierto es que los salvadoreños acudimos a elegir libremente a nuestros gobernantes desde que el país escogió la senda democrática en 1982, siendo la alternancia en el poder el signo distintivo de nuestro sistema. Pero esta credencial no puede ocultar el hecho que en el último ejercicio solo votó un poco más del 50 % del padrón electoral (una de las participaciones más bajas desde 1994) y si bien es cierto que el señor Bukele se alzó con el 53.1 % de votos válidos y superó por más de 20 puntos a su más cercano; su grado de legitimidad, medido por la cantidad de votos a su favor vs. el número de personas aptas para votar, solo llegó al 26.3 %, lo que en el lenguaje de la UE, se catalogaría como un "déficit democrático".

El elevado absentismo tampoco puede pasar desapercibido; de hecho, refleja el hartazgo de la población frente al comportamiento antipatriótico de la clase política, que, por lo demás, no es un fenómeno privativo de El Salvador, ya que algo parecido está ocurriendo aun en las democracias maduras, como algunas europeas. En nuestro caso, sin duda, lo que rebalsó el vaso fueron los descubrimientos de la FGR bajo el liderazgo del licenciado Meléndez sobre el saqueo descomunal del erario nacional, flagelo que igualmente tiene muchos referentes en nuestro hemisferio; aquí cerca y más al sur.

El tema de la legitimidad toma mayor relevancia cuando se asocia con la gobernabilidad; categoría política que bajo las actuales circunstancias resulta crucial. Esta, sin duda, depende en buena medida de la correlación de fuerzas en la Asamblea Legislativa y ya al menos dos partidos le han ofrecido al futuro gobernante su cooperación. Pero independientemente de que este ofrecimiento se haya hecho por puro interés o por algo inusitado, como sería una preocupación genuina por el futuro del país, no es suficiente.

Esa gobernabilidad tendrá a la base el estilo de gestión del presidente electo y en particular su capacidad de construir puentes no solo con la oposición, sino con todos los actores sociales y, en particular, con el sector empresarial, que desde hace una década ha sido objeto de un ataque constante. En esto hay mucho misterio. La mayor parte de la población desconoce la ideología política que profesa el señor Bukele, pero sí está enterada de su paso por el sector municipal. Y aunque ha dado algunas señales donde privilegia el mercado y la libre iniciativa, lo cual también en todo caso sería compatible con su extracción empresarial, también se le considera inclinado al populismo. Entonces, no deberían extrañar las aprehensiones que se perciben en el sector privado organizado, independientemente que varias gremiales agrupadas en la ANEP también le hayan expresado su apoyo, aunque condicionado; lo cual tampoco debería de extrañar a nadie. Por otro lado, se han escuchado voces que antes daban todo por el FMLN, que ahora se vuelcan entusiastas a favor del presidente electo. Pero por ahora, nada se puede dar por descontado. Sin duda, mucho se continuará diciendo y escribiendo de lo que ocurrió políticamente en El Salvador el 3F. Lo importante es que a nuestro país le vaya mejor que durante los treinta años anteriores. De esto estaremos atentos y como siempre, equidistantes de los extremos.

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