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El Chaparral y algo más

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Héctor Vidal

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El lunes pasado, al comentar dos casos más de indicios de corrupción ya ampliamente divulgados la semana anterior, no resistimos la tentación de referirnos, por enésima vez, al caso de El Chaparral; los hechos conocidos lo demandaban. El monto supuestamente defraudado, los costos sociales adicionales provocados por la dilación en concluir la obra y el hecho de que estuvieran de por medio tres gobiernos distintos, ya eran razones suficientes, incluso, para elevarlo a la categoría de un "case study".

En abono de ello, debo decir que dicho proyecto ni la paraestatal responsable del mismo, me son ajenos. Por esas circunstancias de la vida, pude constatar el virtual inicio del primero; mientras que con la entidad ejecutora, tuve mi primer contacto cuando a inicios de mi carrera laboral, hace más de seis décadas, la CCR me destacó como auditor auxiliar en esa autónoma; es decir, cuando ambas entidades eran respetadas y respetables. Y mucho tiempo después, como representante de una de las firmas consultoras más prestigiosas en el mundo, entre cuyas especialidades destacan: la factibilidad, diseño y supervisión de proyectos hidroeléctricos.

En esta calidad, tuve la oportunidad de ser testigo de primera mano, al acompañar al experto geólogo --cuyo nombre no recuerdo-- que había enviado la firma para auscultar la posibilidad de participar en el estudio de factibilidad del ahora tristemente célebre proyecto. No voy a entrar en detalles, pero no puedo omitir algo que me llamó la atención. Mientras nuestro especialista se dedicaba a mirar, manosear y hasta oler los materiales (arena, piedras y rocas) --que la autónoma había puesto a disposición para que los potenciales oferentes pudieran constatar la idoneidad del terreno-- nuestros competidores se dedicaban mayormente a observar la belleza del lugar, estimulados sin duda por la coquetería de las hermosas y lindas muchachas que les acompañaban. En mi ignorancia le pregunté a mi nuevo amigo, por qué todo su tiempo lo había concentrado en lo ya mencionado. Me contestó algo así: para cumplir con la misión encomendada. Seguidamente me confió que, en su criterio, el sitio escogido para construir la obra, geológicamente hablando, no era el apropiado. Acaso por esto, la empresa no participó en las siguientes etapas del proyecto.

Sin embargo, nos mantuvimos pendientes de cuanta posibilidad se presentara en el futuro, dada la larga, transparente y eficaz relación con la CEL. Así, la empresa concursó y ganó la licitación para supervisar la repotenciación de las tres plantas construidas a lo largo del río Lempa. Desafortunadamente, esta labor llegó a su término cuando recién se iniciaba, porque sus autoridades, unilateral y arbitrariamente, decidieron poner término al contrato. La causa: el cuestionamiento de nuestro supervisor sobre la calidad, el desfase y el costo incrementado del trabajo de la firma responsable de la obra física. Mi representada, por supuesto, dejó constancia de su inconformidad ante semejante atropello, pero pudiendo incoar una demanda, --que en otras circunstancias seguramente hubiera ganado-- no lo hizo. Probablemente sabía que ya para entonces, había fuerzas poderosas amantes de lo ajeno.

Volviendo al caso de El Chaparral, es obvia y más que entendible, la reacción de la sociedad, ante la forma despiadada, cínica y grotesca con que una vez más ha sido estafada, haciendo de un proyecto que prometía mucho, un botín gigantesco. Con todo, hay quienes piensan en el cuidado que debe tenerse para no complicar más las cosas. Es entendible la indignación del presidente Bukele ante tanta maldad, pero mucha gente se quedó impávida cuando supo que se proponía detener la obra y, estupefacta, cuando se enteró del extremo que eventualmente pasó por su mente, cuya sola mención, desmoraliza. En este contexto, valoramos la racionalidad técnica con que ha actuado el BCIE para que el proyecto continúe. Sí debemos reiterar, una vez más –lo hicimos en el caso de la Diego de Holguín –, la responsabilidad que les corresponde a los organismos respectivos, al no hacer un seguimiento apropiado y oportuno de las obras que financian.

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