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El Complejo de Edipo y los Mentirosos

Tal vez la mejor definición de nuestro comportamiento, la dio Don José Ortega y Gasset, quien sobre los humanos dijo que nosotros actuamos de acuerdo a las circunstancias que nos tocó vivir; es decir que lo que nos define, es nuestra crianza y las experiencias que hemos acumulado, incluyendo en esto, nuestro entorno social.

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José Miguel Fortín Magaña

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Recientemente leí el artículo de la psicóloga Valeria Sabater, titulado "El cerebro del mentiroso funciona de una manera diferente" y su contenido, por demás interesante, está basado en hechos neurobiológicos irrefutables. Efectivamente los mentirosos se acostumbran a mentir y dada la plasticidad del encéfalo, poco a poco, empezando por pequeños timos, llegan pronto a no sentir ninguna emoción delante de la falsedad, utilizando el engaño como un método (para ellos) totalmente aceptable para salir delante de cualquier dificultad.

Sabater, explica la relación del cerebro ya distorsionado, con quien miente; a través de la amígdala y el lóbulo prefrontal, que es en particular lo que nos permite comprender biológicamente, el concepto del bien y el mal; pero en los que se acostumbraron a mentir, este lóbulo se ha modificado y pareciera que los falsificadores no experimentan emociones negativas cuando engañan. Por el contrario, más allá del artículo comentado, se ha demostrado a través de la tomografía por emisión de positrones, que lo disfrutan; y hay quienes han llegado a señalar que el acto de mentir llega a convertirse, más que una conducta habitual, en una verdadera adicción química, en donde el cerebro si bien ya no libera adrenalina, sí libera endorfinas y endocannabinoides, por lo que los mentirosos alimentan sus propias mentiras con el placer químico que ellas suscitan.

Para ser un falsificador consuetudinario, no hay pre condiciones intelectuales o académicas: se puede ser un genio o alguien torpe; un universitario con verdaderos doctorados y maestrías, o un bachiller; el presidente de la república o cualquier otro político, o un paria social. Lo que importa es las circunstancias de su crianza y cómo aprendió cuando joven, a enfrentarse a las dificultades. Alguien que en el proceso psicoevolutivo no completó bien la adquisición del "súper ego" (es decir la conciencia moral) y recurrió a la mentira para evitar un castigo, delante de un padre rígido o violento, quien para el niño resultaba inalcanzable; es alguien que probablemente habría resuelto mal, el "Complejo de Edipo", queriendo siempre agradar a su progenitor, sin conseguirlo nunca; por lo que para él o ella, la mentira y la fantasía, al inicio fue el único camino viable delante del castigo al que se habría visto expuesto en caso de decir la verdad; y así, el joven farsante, pronto aprendió que cuando hubiera dificultades, siempre podría recurrir a inventar algo, para desviar la atención y evitar así el rechazo.

Más grave para la sociedad, es que si los mentirosos adquieren poder, no tendrán ningún empacho en engañar a todos, para salir adelante; porque a este punto, el concepto del bien y el mal, ha dejado de tener valor; y lo único que importa, es su propia gratificación. Ellos se han convertido en el centro de su mundo; y se nutren del aplauso y la adulación de quienes les rodean, olvidando (es que ya no pueden verlo) que el servilismo no es a la persona, sino al puesto; y que cuando éste desaparezca, los pseudo amigos también se irán detrás del nuevo líder. ¡Cómo debe pensar en ello, desde la cárcel el señor Saca; o desde Managua, el innombrable ciudadano nicaragüense!

El Hombre es bueno por naturaleza; pero por su propia libertad puede pervertir su camino delante del vano relativismo. Quiera Dios que nos mantengamos siempre fieles a nuestras convicciones.

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  • José Ortega y Gasset
  • mentira
  • circunstancias
  • servilismo

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