El Día del Maestro es momento siempre oportuno para reflexionar a fondo sobre la educación que nuestro país necesita para salir adelante

En este Día del Maestro, aparte de saludar con respeto y admiración a cuantos cumplen con esa misión en forma muchas veces sacrificada por las circunstancias en que vivimos, queremos reiterar nuestro compromiso con la educación nacional desde el ámbito que nos corresponde.
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Tradicionalmente, el 22 de junio de cada año se celebra el Día del Maestro, que es una de las fechas más tradicionales en el calendario cívico y cultural del país. Aunque durante los decenios más recientes se ha visto una progresiva y muy deplorable indiferencia frente a los recordatorios nacionales que antes eran fiestas vivas, las fechas siguen ahí, y periódicamente nos recuerdan que somos, pese a todo, una comunidad de destino, y que sólo asumiéndonos como tal seremos capaces de evolucionar con esperanza, con vigor y con éxito. A estas alturas, los temas más palpitantes de nuestra realidad muestran cada día más apremio de atención y de tratamiento en los niveles adecuados a las condiciones imperantes; y el tema educación es uno de los que se hallan en primera línea.

Se va haciendo evidente, sin ningún tipo de duda sostenible, que hoy más que nunca la educación es base del progreso en todo sentido. Vivimos una era cada vez más competitiva, y para poder competir en serio y con la adecuada suficiencia, es preciso garantizar una productividad que esté al nivel de lo que demandan las circunstancias. Dicha productividad sólo puede alcanzarse cuando los esquemas y los desarrollos educativos se ponen al servicio directo de lo que la nación necesita para ser sujeto de auténtico progreso conforme a los criterios y a las exigencias de este preciso momento histórico, en el que hay que actualizarse a diario en todos los sentidos para poder aprovechar los diversos beneficios disponibles en el nuevo y expansivo panorama global.

La tarea educativa va inserta de modo insoslayable en el esquema de desarrollo nacional, ya que la educación y el desarrollo se determinan mutuamente. Y debido a ello, la desconexión que tradicionalmente ha caracterizado el tratamiento de ambos factores se ha vuelto una de las principales causas de ineficiencia nacional. Nuestra educación nunca se ha enfocado precisamente hacia la productividad en sus distintas facetas, y por consiguiente nuestra competitividad ha ido y sigue yendo a la deriva. En realidad, lo que ha faltado es un proyecto integral que articule la educación, la productividad y la competitividad en un solo propósito de base y de perspectiva: el progreso generalizado en el ambiente.

Es hora más que sobrada de que la educación nacional sea replanteada a fondo, con todos los componentes técnicos que eso requiere y a la vez con todas las proyecciones de futuro que reclaman los tiempos actuales y por venir. No hay que olvidar en ningún caso que la educación es función esencialmente humana y humanizadora, y por ende la formación plena del maestro, la habilitación efectiva de los espacios y componentes educativos y el acompañamiento social indispensable deben dar el aporte real, suficiente, oportuno y constante que les corresponde.

En este Día del Maestro, aparte de saludar con respeto y admiración a cuantos cumplen con esa misión en forma muchas veces sacrificada por las circunstancias en que vivimos, queremos reiterar nuestro compromiso con la educación nacional desde el ámbito que nos corresponde. La labor debe ser diaria y permanente en todo sentido, y asumirla así es lo que permitirá que El Salvador vaya sentando las bases de una vida mejor para todos y cada uno de sus nacionales.

El trabajo está ahí, aguardando las voluntades y las energías que lo pongan en marcha. Animémonos sin excepción a asumir el reto del hoy y del mañana.
 

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