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El Hormiguero

La monotonía mata (dicen las abuelas), pero como aquí todo es folclor y movimiento, tenemos en qué distraernos.
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Los salvadoreños no vivimos en paz (ya eso nos mantiene alertas), vivimos sumergidos en los tráficos que inundan la ciudad, pasamos criticando y se vive con el miedo de incorporarse a la lista de fallecidos, o en el mejor de los casos, de “lograr sobrevivir” para contar una situación de violencia.

Nos han calificado nuevamente como uno de los países más violentos del mundo, y lo impresionante es que nos hemos ganado, como país, “un título” que ni siquiera lo tienen regiones que viven en constante guerra.

Nuestro país no vive en guerra porque “supuestamente” tenemos 25 años de haber firmado los Acuerdos de Paz.

¿Y entonces? ¿Cuál es el problema?

Se me hace que es una mera cuestión cultural: La mayoría de la población no solo cree que la violencia es normal, sino que hasta la celebran. Si gana o no gana la Selecta, o el Barça o el Real siempre hay decapitados, apuñalados, baleados, ajusticiados, asaltados o simplemente tener la suerte de subirse a un microbús en la “mala hora”.

Un país y su cultura se robustecen gracias a tres cosas: el Estado de derecho, la seguridad e independencia en que se viva, en que se respire y que se transpira; y si el estado de salud grave de un país avanza hacia un estado de salud agonizante... dice mucho de la cultura de un país.

Esa es nuestra cultura: Una en la que por más que se trabaje, el salario no abunda, y la calidad de vida será siempre la de un país “en vías de desarrollo”... y al final como dice un dicho famoso “se pierde la salud y la vida en hacer dinero, y luego ese dinero se usa para recuperar la salud”.

Una en la que se vale morir a cualquier edad, de cualquier forma.

Las frases de las viejitas en la tele son trilladas pero fuertes: “Lo peor es que ni le robaron nada”, “Uno sale, pero no sabe si va a regresar”.

¿Cuántos muertos diarios van? ¿20... 30? En otros países, al menos, la gente sale a las calles a decir “ya basta”. Aquí no.

La muerte no es un escándalo, es una cuestión cultural. Las madres narran tranquilas el asesinato de su hija una hora después de enterrarla, y como dijo un periodista hace poco “los periódicos se sostienen solo por esa sección”: pues claro si son el reflejo de la sociedad.

Lo curioso es cómo un país tan pequeño en territorio tenga mayor inseguridad que México (que tiene graves problemas de narcoactividad) o Siria (que ha sido seriamente dañada por una guerra “provocada”).

La riqueza cultural de un país llegará cuando el ciudadano no trabaje para las instituciones sino que las instituciones trabajen para el ciudadano.

La riqueza cultural de un país tiene su punto de partida en los valores que se tienen para crecer. ¡Debemos descubrirlos! ¡Es urgente!, más en un país sumergido y asfixiado como el nuestro, donde los antivalores, el desequilibrio y el consumismo hacen que nos consumamos unos a otros.

Pero ahí seguimos en este hormiguero tratando de sobrevivir con una policía incapaz de atrapar a los que hacen daño, un sistema incapaz de retenerlos, un sistema social incapaz de evitarlos y una población incapaz de rechazarlos.

Seriamente ¿vivimos en paz?

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