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El País que fue

Trabajar para el porvenir salvadoreño es loable y necesario, pero para ello, se debe tener una lectura correcta de la realidad. Para curar un paciente, primero hay que identificar y localizar el mal a fin de salvar a la víctima y no perderse en esfuerzos vanos. Nuestro país está de rodillas; no nos equivoquemos a la hora de entender la situación que se impone en su complejidad.
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Florent Zemmouche / Salvadoreño-francés estudiante de Ciencias de la Humanidad en Francia

Florent Zemmouche / Salvadoreño-francés estudiante de Ciencias de la Humanidad en Francia

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Pretender analizar y comprender El Salvador sin ninguna conciencia histórica es tan vano como esperar ganar la lotería sin nunca jugar. Un sueño que mantiene la esperanza, y la ilusión. Aún más cuando se trata de construir un futuro soportable. No se puede olvidar ni ignorar nuestro pasado; tenemos que tomarlo en cuenta, escribirlo, una y otra vez, para avanzar en la historia. Se ha ensalzado, con razón, la juventud creciente de nuevos actores en el primer plano del escenario público salvadoreño. Pero estemos pendientes de que esa eclosión de festejo no sea malinterpretada; se saluda y alienta aquí la energía de cuerpos e intelectos jóvenes listos para cumplir por fin lo que nunca se logró hacer antes. En ningún caso se trata de animarlos a seguir las mismas huellas antiguas que le dan descaradamente la espalda a nuestra historia nacional, con todo lo que contiene y conlleva.

Los autores de «El País que viene» tienen el futuro como horizonte marcado y, al parecer, exclusivo. Está bien, y no son mis veintidós años quienes van a rechazar una iniciativa llena de energía y optimismo. Pero su elusión de la tripartición del tiempo muestra que es, como todo movimiento, perfectible. Para avanzar es necesario saber y poder mirar hacia atrás; todos los autos tienen retrovisores. Tras los Acuerdos de Paz se escogió una estrategia que hubiese podido ser buena; no lo fue. Hoy podemos considerar el fracaso que fueron estos últimos veintiséis años al nivel de gestión de la memoria histórica, gestión por cierto inexistente. O más bien, política del silencio, del tabú, de la “amnistía”, del “perdón y olvido”, sobre todo del olvido, es decir, solo del olvido. ¿Pero quién se ha olvidado de verdad? Y más importante aún, ¿está bien olvidarse? En nuestro retrovisor, el pasado siempre está justo detrás, pegadito, incluso ha amenazado con sobrepasarnos, tanto más cuanto que debemos tener la honestidad intelectual necesaria para afirmar que no hemos realmente avanzado en estas dos últimas décadas. Un gato y un ratón inmóviles. Y solo avanzaremos cuando nos reconciliemos con el pasado nacional.

Los jóvenes actores, políticos o ciudadanos comprometidos, parecen caer dentro de un maniqueísmo temporal problemático y peligroso; oponer el pasado y el futuro, como se ha hecho, no debe impedir el ejercicio de la memoria, un deber. Para los desarraigados del pasado y necesariamente, de la realidad, la historia asesina es cíclica. Al igual que un auto pinchado, un cuerpo herido no avanza. Se menciona a veces el pasado, en términos ambiguos, confusos, hablando de cambio, de paz, de reconciliación. Reconciliación, ¿con qué? ¿Con quién? Hay que decirlo, sin vergüenza ni miedo. Justicia para los jesuitas, para las víctimas del Mozote, para Monseñor Romero, para Roque Dalton, para todos los desaparecidos, de cualquier bando. Seamos responsables, la justicia es el meollo; solo así avanzaremos, creando una historia de la justicia, no de la injusticia. Nosotros tenemos que escribirla y enseñarla, a todos. Así podremos recordar, talvez con lágrimas, pero sin sangre, y sobre todo, sin injusticias. El pueblo tendrá entonces confianza en el Estado y sus instituciones, fundamento esencial para crear un “horizonte común” y construir el “País que viene”.

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