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El S.O.S. presidencial (y II)

Lo urgente vs. lo importante. Dentro del debate sobre la precaria situación fiscal, renovado principalmente a partir del reconocimiento del presidente Sánchez Cerén de la necesidad de “apretarse el cinturón” y de trabajar en torno a un “pacto fiscal” –ahora potenciado por dos de las últimas sentencias de la SC y la presencia de funcionarios del FMI– no es una novedad que a través de la vocería oficial se esté enviando un mensaje ambivalente sobre la disposición del gobierno de someterse a una disciplina como la que sugiere dicha entidad.
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El gobierno, por supuesto, no está obligado a ello, pero ha llamado la atención la sugerencia de un alto funcionario de optar por una “reforma fiscal de contingencia”, pensando sin duda en que los problemas de liquidez demandan una solución urgente. Nosotros lo entendemos, pero nos preocupa la posibilidad de que esta idea se asiente en excesos como el de imponer gravámenes impopulares o en una reforma previsional hecha a la medida de una ideología.

Se sabe que el mismo funcionario reconoce la necesidad de una reforma para potenciar el desarrollo, que por definición requiere políticas económicas y sociales coherentes con visión de largo plazo. Pero al hablar de una salida temporal estaríamos también corriendo el riesgo de perpetuar la “política de parches”, que hemos venido practicando por largo tiempo, eludiendo así los costos que implica la solución de los problemas estructurales. Siempre han primado las consideraciones políticas sobre las técnicas, donde la constante ha sido más impuestos y endeudamiento, invocando invariablemente la importancia del gasto social. Esto nadie lo discute, excepto cuando se exceden las posibilidades fiscales y buena parte de los recursos se desvían por el túnel de la corrupción, mientras los programas se revisten de un tinte ideológico que ofende e indigna hasta a los supuestos beneficiados.

Esos ejercicios cortoplacistas han terminado por llevarnos a una situación cada vez más dramática. Nunca entró en el debate político una reforma estratégica en función de un crecimiento robusto y sostenido con distribución; al contrario, las acciones dispersas, atropelladas y revestidas de un autoritarismo que no tiene nombre han terminado por enfriar los motores de la producción, la productividad y el empleo, con lo cual el gobierno ha caído en su propia trampa. Si fuéramos a hacer un ejercicio en el tiempo, diríamos que en el período posconflicto, la necesidad de un ajuste fiscal empezó a perfilarse durante el segundo gobierno de ARENA, pero se hizo más evidente en el siguiente, por las necesidades de reconstrucción asociadas con los seísmos de 2001, la sanidad fiscal que demandaba la dolarización y la carga que ya en esos momentos arrastraba el sistema de pensiones. Incidentalmente, la correlación de fuerzas políticas hacía menos difícil una reforma fiscal, que palidece frente a la que se requiere en estos momentos.

Un estudio realizado en 2001 por el doctor Carlos Acevedo, a la sazón responsable del área macroeconómica de FUSADES (¿Es sostenible la política fiscal en El Salvador?), así lo sugiere. En este se enfatizaba la pesada carga que significaba ya para entonces la frondosa burocracia estatal y las implicaciones que tendría el sistema de pensiones que entró en vigor años atrás, sin que se avizorara todavía la reforma perniciosa que se hizo en la administración Saca, precisamente para obviar el problema estructural de las finanzas públicas. Pensiones y excesiva burocracia –y desde luego corrupción– son justamente los problemas que más complican la presente situación.

No ignoramos que la resistencia a enfrentar la realidad está indefectiblemente asociada, como nunca, con los costos políticos de cara a los próximos eventos electorales. Pero en esta ocasión, el panorama fiscal es distinto, pues ya pasó de lo anormal a lo caótico. Entonces, el gobierno o el partido deberían entender que de mantenerse en sus posiciones irreductibles enfrentarán estos eventos con un perfil más desgastado de lo que se imaginan. Pero ahí no termina el problema, porque la oposición más visible tampoco parece comprender que hasta su mismo proyecto político está en riesgo, por aferrarse a un pasado que medio mundo rechaza.

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