El Salvador, ¿Cien años de soledad?

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Florent Zemmouche / Salvadoreño-francés estudiante de Ciencias de la Humanidad en Francia

Florent Zemmouche / Salvadoreño-francés estudiante de Ciencias de la Humanidad en Francia

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El gobierno salvadoreño, como lo hizo la comunidad internacional en general, condenó mediante un comunicado oficial el infame atentado terrorista que sufrió Francia este viernes 23 de marzo que causó la muerte de cuatro personas. Una reacción casi anecdótica, ya que podríamos lamentar y, sobre todo, interrogar el aspecto aquí unilateral de la solidaridad. ¿Por qué existe esta falta de reciprocidad para nuestro país? ¿Por qué el gobierno francés no condena los aborrecibles homicidios diarios en El Salvador?

Sobre estos temas, el apoyo internacional es a menudo simbólico, pero nunca vano. Menos aun para países como el nuestro, pequeñitos, aislados y olvidados, casi abandonados. Nunca se habla de El Salvador en el extranjero. La última vez fue la aparición en los “shithole countries” del presidente estadounidense, ilustre portavoz, o, últimamente, el caso esta vez interesante que fue la liberación de Teodora Vásquez; cuando se habla de nuestro país de manera seria y regular en torno a temas importantes, el estar delante de la escena internacional, bajo su luz y la mirada de todos, le obliga al Estado salvadoreño antes que todo a ocuparse como se debe de nuestros problemas, escogiendo un modus operandi adecuado, racional y eficiente. Una presión internacional sería útil para erradicar la violencia correctamente, sin demagogia, debilidad o estupidez. Como un niño que comete tonterías a escondidas susurrando al fondo del aula, con desplazarlo a la primera fila se trata que sea ejemplar. Eso sería la ventaja de un respaldo internacional para que el país salga de su oscuridad profunda en la cual puede errar, nunca cambiar, ni siquiera dudar.

Volvamos entonces a la pregunta inicial. ¿Por qué el gobierno francés u otro no condena los asesinatos cotidianos en El Salvador, apoyando así (y de esto se trata verdaderamente) nuestro gobierno en su lucha contra la violencia? Quizás porque la lucha es inapta. Porque no obedece a algunos criterios y no obtiene resultados concluyentes. Quizás porque nuestro país no actúa como un verdadero Estado de derecho. ¿Por qué los políticos salvadoreños no empiezan por prestarle atención a los consejos que se le ofrecen? Hace unas semanas, la relatora especial de la ONU sobre ejecuciones extrajudiciales, Agnes Callamard, después de un trabajo de observación, se mostró preocupada por la aplicación de las medidas extraordinarias. Hace unos días, le ha instado a la Asamblea Legislativa “cumplir con las obligaciones internacionales en materia de derechos humanos” negando la extensión de las medidas que ya no tienen nada de extra-ordinarias; por su longevidad, han traicionado su esencia excepcional convirtiéndose en una situación normal, totalmente ordinaria. Y no son para nada increíblemente eficientes. El problema es que el aspecto extra-ordinario, es decir, puntual, permite una intensidad de la violencia legítima, pero este supuesto estado de excepción se ha vuelto permanente. Por tanto, los estragos son inevitables y estas medidas ya no tienen ningún interés.

Los principales concernidos aquí son los diputados, recién elegidos, se supone, para un cambio, con nuevas visiones y métodos, no para empezar de nuevo y fracasar de nuevo, obtusos, proponiendo siempre lo mismo. Las medidas “extraordinarias” no son suficiente y nunca lo han sido, falta detrás un proyecto serio de educación, integración, reinserción para lograr al fin una unión social y nacional. Falta la política permanente bajo el espectáculo extraordinario. En Cien años de soledad, García Márquez escribe: “Ya esto me lo sé de memoria, gritaba Úrsula. Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio”. No sabría decir si la historia se repite, pero todas las repeticiones no tienen por qué ser necesariamente idénticas.

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